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Archive for the ‘Dicono di me’ Category

sinpercabecerarticuloQuesta recensione spagnola di Rossana Rossanda non la conoscevo. L’ho scoperta per caso e mi ha fatto molto piacere.

¿Cuánto consenso tuvo en Italia el fascismo? Renzo de Felice afirma que fue vastísimo, incluso mayoritario. Giuseppe Aragno, investigador de la UniversidadFederico ll de Nápoles, ha publicado en Manifestolibri (1) una investigación que duda de esta tesis, en la que ve también uno de los orígenes de la revalorización o, al menos, de la minimización del golpe del fascismo. Aragno tiene ciertamente razón, aunque solo sea por la imposibilidad de evaluar consenso y disenso en un sistema totalitario, en el que el consenso es obligatorio y el disenso está sancionado con penas severas. Él sin embargo no se limita a este razonamiento, sino que ha realizado una investigación en los archivos de Nápoles para averiguar hasta qué extremo la misma policía y el ministerio del interior fascista se formulaban la pregunta, y ha recogido una insospechada cosecha de fichados y prácticas sobre disidentes, individuos o familias, identificados y perseguidos, con itinerarios vitales desesperantes entre vigilancia, cárcel y confinamiento. Y dejados fuera de la historia de los más conocidos. Antifascismo popular, ha titulado su trabajo, que si se hubiese extendido a otras ciudades, como sería el deber del país, habría generado muchas dudas respecto de la opinión de de Felice.
Lo que Aragno ha encontrado, también a sugerencia de Gaetano Arfé, que le ha dirigido, demuestra hasta qué punto el régimen se preocupaba de la amplitud del rechazo y con cuánta dureza lo reprimía. Cualquier idea, libro o folleto que fuese encontrado, cualquier expresión de desacuerdo, incluso aunque no estuviese seguida por acciones concretas, eran perseguidos por un policía avizor que una vez cogía a un sospechoso “subversivo”, no lo soltaba. Abría un “expediente” a su nombre y lo expedía a tribunales que condenaban a cárcel o al confinamiento. Desde 1924 en adelante los “expedientes” fueron llenando armario tras armario, y estuvieron vigentes durante mucho tiempo, al extremo de que a muchos no les fue posible hacerse restituir honor y libertad ni tan siquiera una vez terminada la guerra.

Dolorosos testimonios

La documentación recogida (el aparato de notas no es lo menos interesante aunque solo sea por el lenguaje y la argumentación de los comisarios y los prefectos) hace referencia a grupos sociales diversos, desde gentes del pueblo hasta profesionales, hombres y mujeres de diferente formación y adscripción política, a menudo sin adscripción política propiamente dicha, individuos o grupos familiares enteros que fueron perseguidos por lo que pensaban, por algún contacto que mantenían o por alguna ocurrencia que en medio de la exasperación, se les había escapado decir. Al menor motivo, le caía una “advertencia”, lo que significaba ser vigilado de por vida y prohibírsele acceder a una carrera. Quien podía trató de emigrar con diversa fortuna: en Francia la vida no era fácil, en Argentina lo era un poco más, quien marchó a España se vio envuelto en la guerra civil y se vio obligado al fin a huir perseguido por las tropas de Franco, y a penas cruzaba la frontera francesa era internado
Un hilo imaginario urde la arquitectura formal del volumen: el autor imagina encontrarse, un día de 1937 en la estación de Nápoles y divisar un grupo de personas encadenadas, los “políticos” destinados al confinamiento o a la cárcel después de larguísimos traslados. Las personas que Aragno nombra pasaron realmente por aquella estación y en aquel tiempo, y él las ha elegido entre otras muchas encontradas en el transcurso de su trabajo porque se volvieron a encontrar todos, con la excepción de un viejo anarquista muerto en 1931 en soledad (“aparente soledad” porque aquel fue un año de numerosas persecuciones) durante los Cuatro Días de Nápoles contra los alemanes en 1943. Son perfiles esbozados al aire, pero cada uno es una historia –que podría ser una novela. Tomemos aquelcon el cual comienza Aragno: la familia Grossi. La joven locutora italiana de Radio Libertad de Barcelona, Ada, es hija de un abogado de ideas socialitas que, en 1926, es vejado al extremo de verse obligado a cerrar el bufete, parte con los suyos rumbo a Argentina desde donde escribe en contra del régimen; después van a España, padre e hija trabajan en la emisora republicana, un hermano es herido en Teruel, deberán huir por separado a Francia donde serán internados también por separado; otro hermano se vuelve loco, después del armisticio tratan de regresar a Italia, son detenidos y conducidos esposados a Nápoles, y condenados al confinamiento. Tras el armisticio, insisto. Esto no es todo: padre e hija, en su momento habían sido expulsados de Radio Libertad no por Franco sino por los comunistas –los bolcheviques, como los llama Aragno-. La familia Grossi es un cristal sobre el que está tallada la tragedia de Europa. Y aún les fue bien, escribe Aragno, porque muchos de aquellos que habían regresado terminaron muertos. Y esta es al menos una familia vagamente socialista. Pero Ezio Murolo, periodista y partisano en los Cuatro Dias, es un inquieto, un rebelde, uno que incluso había participado en la aventura del Fiume de D´Anunzzio, pero duda de Mussolini. Es condenado a confinamiento por dudar, después ya no duda y se lanza de nuevo a la lucha. Y Luigi Maresca, empleado de Correos, que es despedido de allí en enero de 1928 por haber escrito un carta de admiración a Nitti, deberá huir con su mujer a Francia y después a Bélgica y vivir en la miseria, se sentirá tentado a enrolarse en la Guerra de Etiopía para salir de ella, pero se detiene antes de dar el paso y estará en las barricadas napolitanas de 1943. ¿Y todos aquellos otros que ha encontrado? Por tantísimos que quedan fuera del volumen, Aragno siente los reproches, en los últimos capítulos por haberlos omitido. Son páginas emocionantes, en las que no se oculta ya la polémica, mantenida hasta ahora en voz baja, hacia las fuerzas más grandes de la resistencia que en la postguerra confiscaron la historia oficial. Son sobre todo los comunistas, que oscurecen no solamente a sus adversarios internos, los bordiguistas, (uno de cuyos grupos permanecerá en Nápoles durante largo tiempo, obstaculizado por aquel Eugenio Reale que será posteriormente expulsado del partido por razones opuestas), sino también a los socialistas y a los anarquistas, intransigentes, irreductibles al comunismo “stalinista”.

Una guerra del pueblo

No fue el sufrimiento menor, en este antifascismo, la desconfianza e incluso el odio entre gente que estaba de la misma parte. A Togliatti, Aragno le reprochará, como se puede imaginar, la “Svolta de Salerno” (2). Los personajes que ha encontrado son, sí, también militantes comunistas, pero por lo general, gente que sigue otros ideales, a menudo personas impulsadas por una difusa “rebelión moral” que, a penas se presentan las condiciones con el desembarco y el avance de los aliados, combaten con valor -pueblo auténtico, choques durísimos, con muchas pérdidas infligidas y recibidas, un pueblo que una verdadera estrategia de clase no habría entregado en manos “del ex fascista y criminal de guerra” Badoglio, para complacer a los aliados. La opinión a la que Luigi Cortesi nunca ha renunciado a lo largo de toda su obra (véase particularmente El Sur 1943. La opción, la lucha, la esperanza, Ediciones científicas italianas a cargo de Gloria Chianese) es también la de Aragno: una línea insurreccional, más semejante a la de Tito que a los tiempos largos de Togliatti, no solo habría sido más justa, sino que era posible: lo testimonian aquellos nombres, aquellas historias. El PCI va acompañado por la sombra de la represión del POUM español, de los trotskistas, de todo lo que está a su izquierda y le parece extremista en Italia y en aquel momento; incluso cuando Aragno reconstruye las figuras de los comunistas con su habitual escrúpulo, no esconde que en su opinión las prioridades de aquellos son no las del pueblo sino las del partido y las de sus lazos con la UniónSoviética
De entre las muchas culpas de las que se acusa hoy a los comunistas italianos y que, a mi juicio no resisten un análisis, hay una que es absolutamente cierta, y sobre la cual el PCI mientras existió y sus propios enterradores después, no han hecho autocrítica: la desconfianza y a menudo el ataque a las fuerzas minoritarias que combatieron el fascismo y la resistencia. Y no tanto, por obvios motivos, los socialistas o los pocos trotskistas italianos, pronto valerosos en la resistencia, sino Justicia y Libertad. Los recientes trabajos de Giovanni de Luna, en especial en carteo entre Dante Livio BIanco y Aldo Agosti y los múltiples estudios de Mimmo Franzinelli dan testimonio de una gran realidad y de una gran ocultación. Pero no es este el núcleo del largo trabajo de Aragno: es la necesidad moral de restituir la memoria de los olvidados más de la cuenta de una insurrección, también ésta ante todo moral, de los italianos de la primera mitad del siglo XX, y la indignación por la actual desenvoltura del estado presente y de sus instituciones en lo que concierne al fascismo. Desenvoltura que no será ni la primera ni la única razón de la degradación política, pero no es con seguridad, la última.

Notas:

(1) Giuseppe Aragno, Antifascismo Popular, Ed Manifestolibri, 192 pp., 20 Euros
(2) Giro político o inflexión “basado en el apoyo del partido a las medidas democráticas necesarias para instaurar la República y el abandono de la lucha armada para alcanzar el socialismo” (Wikipedia)

Rossana Rossanda Supermiso, 6 settembre 2009.

Rossana Rossanda es una escritora y analista política italiana, cofundadora del cotidiano comunista italiano Il Manifesto. Acaba de aparecer en España la versión castellana de sus muy recomendables memorias políticas: La ragazza del secolo scorso [La muchacha del siglo pasado, Editorial Foca, Madrid, 2008]. Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de Supemiso.

 

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Dedicato a Marco

Il Mestiere di Storico,  Il Mestiere di storico Antifascismo popolare. I volti e le storie

anno 2010, n. 2, p. 138

Luigi Ganapini,
recensione a

 

Giuseppe AragnoAntifascismo popolare. I volti e le storie, Roma, Manifestolibri, 2009, 192 pp.

Con bel piglio narrativo Aragno racconta le storie dell’opposizione al fascismo. Storie di singoli, donne e uomini, seguiti nei percorsi di persecuzione, d’esilio, o di carcere o di confino. Le ha raccolte negli incartamenti della polizia politica e di qui poi ha cercato integrazioni nelle memorie, nella stampa dell’epoca e infine nelle biografie edite. Il suo, dichiara, è un viaggio in treno che parte da Napoli nel 1937: e in quel viaggio metaforico, messi da parte l’ordine cronologico e i nessi causali, si ferma a guardare e a descrivere i personaggi che va incrociando, a partire da quelli che, in drappello, la polizia sta scortando verso il carcere proprio mentre lui – Aragno – sta scendendo dal treno. Deve essere per forza una storia che non dà peso determinante a temi e a scansioni e a moduli interpretativi canonici: l’antifascismo che lui vuol rappresentare non obbedisce ai canoni di una storiografia che mette al centro l’epopea del Partito comunista clandestino; è piuttosto l’epopea dell’antifascismo «popolare», se con tale termine si intende un antifascismo diffuso che copre un arco amplissimo, che va dall’anarchico al liberale. Con ciò non esclude i militanti del Pci; il suo cuore batte là dove emerge la protesta morale, la fedeltà alle grandi idee liberali e libertarie. La storia dell’Italia nel fascismo non è solo «storia della lotta al fascismo»; ma «sarebbe impossibile ricostruirla senza tener conto del ruolo che l’antifascismo vi svolse. Un antifascismo dai mille volti, complesso e articolato, contro il quale un regime odioso e tracotante urta costantemente, nonostante la durezza della repressione» (p. 49). Storie dunque complesse, che ci conducono fino alla Spagna della guerra civile, mentre fanno emergere il profilo dell’antifascismo borghese e liberale, l’antifascismo colto che ha come riferimento personalità quali Croce e Fortunato, dietro i quali «si mantengono attive coscienze critiche in grado di aprire piccole ferite nel fianco del regime» (p. 69). Napoli è lo scenario donde scaturiscono tutte queste storie, che suggeriscono anche – mi pare – un sottile intento polemico verso la storiografia che ha individuato nel Nord industriale e operaio il nucleo decisivo dell’opposizione al fascismo. Tanto più che il capolinea di gran parte delle storie è rappresentato proprio dalle quattro giornate di Napoli: non più moto popolare indistinto, luogo dell’emozione antitedesca, ma frutto della lunga tenace opera di un antifascismo diffuso, radicato profondamente in una Italia ben lontana dall’essere integralmente prona ai voleri del duce e alle sue arti incantatrici. È comunque difficile da sintetizzare: «l’antifascismo, così come lo vado conoscendo in questo mio viaggio, ha molte anime» (p. 123). E proprio per questa capacità di far vivere tante storie differenti in quadro unitario, questo libro si presenta come un bell’esempio di ricerca storica, di scrittura accattivante e appassionata, da cui molti avrebbero da imparare. Due soli appunti, non all’a. ma all’editore. In un libro del genere un indice dei nomi è strumento essenziale; e magari anche lo scioglimento delle sigle archivistiche potrebbe tornare gradito a qualche pignolo.

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La memoria ritrovata di una rivolta morale
Rossana Rossanda
Il Manifesto 24.07.2009

STORIA – Giuseppe Aragno , «Antifascismo popolare», Manifestolibri

Quanto grande fu in Italia il consenso al fascismo? Renzo de Felice afferma che era grandissimo, anzi maggioritario. Giuseppe Aragno, ricercatore all’Università Federico II di Napoli, ha pubblicato presso la manifestolibri una ricerca che dubita di questa tesi, nella quale vede anche un’origine della rivalutazione o, almeno, della minimizzazione delle antifascismo-popolarecolpe del fascismo. Aragno ha certamente ragione, non fosse che per la impossibilità di valutare consenso e dissenso in un sistema totalitario, dove il consenso è obbligato e il dissenso sanzionato da pene severe. Egli però non si limita a questo ragionamento, ma ha compiuto una ricerca negli archivi di Napoli per accertare come la stessa polizia e il Ministero degli Interni fascisti si formulassero la domanda, e ha raccolto una messe insospettata di schedature e pratiche su dissenzienti, singoli o famiglie, individuati e perseguiti, con itinerari di vita disperanti fra sorveglianza, carcere e confino. E lasciati fuori dalla storia dei più noti. Antifascismo popolare ha titolato il suo lavoro, che se fosse esteso ad altre città, come sarebbe dovere del paese, fonderebbe molti dubbi sull’opinione di de Felice.
Quel che Aragno ha trovato, anche su suggerimento di Gaetano Arfè che gli è stato maestro, dimostra quanto il regime si preoccupasse dell’ampiezza del rifiuto e quanto aspramente lo reprimesse. Qualsiasi idea, libro o foglietto che venisse rintracciato, qualsiasi espressione di disaccordo, anche se non seguita da azioni specifiche, venivano perseguiti da una polizia occhiuta che, una volta afferrato un sospetto «sovversivo», non lo mollava. Istituiva un «fascicolo» a suo nome e lo spediva a tribunali che condannavano al carcere o al confino. Dal 1924 in poi i «fascicoli» hanno riempito armadi su armadi, e sono stati duri a morire se per molti non è stato agevole farsi restituire onore e libertà neanche a guerra finita.

Dolorose testimonianze 
La documentazione raccolta (l’apparato di note non è meno interessante, non fosse che per il linguaggio e l’argomentazione dei commissari e prefetti) disegna figure sociali diverse, da popolani a professionisti, uomini e donne di differente formazione e appartenenza politica, spesso senza un’appartenenza politica vera e propria, individui o interi gruppi familiari che sono perseguiti per quel che pensano, per qualche contatto che mantengono, o fin per una battuta che nell’esasperazione gli è scappato di dire. Al minimo gli capitava una «ammonizione», che significava essere sorvegliato per la vita e impedito di accedere a una carriera. Chi poteva cercò di emigrare ed ebbe sorti diverse: in Francia non ebbe vita facile, in Argentina un poco di più, chi partì in Spagna sarebbe stato coinvolto nella guerra civile e sarebbe dovuto alla fine fuggire incalzato dalle truppe di Franco, e appena passata la frontiera francese veniva internato.
Un filo immaginario costituisce l’architettura formale del volume: l’autore figura di trovarsi, in un giorno del 1937 alla stazione di Napoli e scorgervi un gruppo di persone in catene, i «politici» destinati al confino o al carcere dopo lunghissime tradotte. Da quella stazione e in quel tempo le persone che Aragno nomina passarono realmente, ed egli le ha scelte fra molti altri incontrati nel corso del suo lavoro perché si ritroveranno tutti, salvo un vecchio anarchico perito nel 1931 in solitudine – («apparente solitudine» perché fu un anno di numerose persecuzioni) – nelle Quattro giornate di Napoli contro i tedeschi del 1943.
Sono profili rapidi, ma ognuno è una storia – potrebbe essere un romanzo. Prendiamo quello dal quale Aragno comincia: la famiglia Grossi. La giovane annunciatrice italiana di Radio Libertà di Barcellona, Ada, è figlia di un avvocato di idee socialiste che nel 1926 è vessato al punto da dover chiuder lo studio, parte con i suoi in Argentina dove scrive contro il regime; poi vanno in Spagna, padre e figlia lavorano nell’emittente repubblicana, un fratello è ferito a Teruel, dovranno fuggire separatamente in Francia dove saranno separatamente internati, un altro fratello impazzisce, dopo l’armistizio cercano di rientrare in Italia, vengono arrestati e condotti in manette a Napoli e condannati al confino. Dopo l’armistizio, insisto. Non basta: padre e figlia hanno fatto in tempo a vedersi cacciare da Radio Libertà non da Franco ma dai comunisti – i bolscevichi, come li chiama Aragno. La famiglia Grossi è un cristallo sul quale si è sfaccettata la tragedia dell’Europa. E ancora gli è andata bene, scrive Aragno, perché molti di coloro che avevano incrociato sono finiti uccisi.
E questa era una famiglia sia pur vagamente socialista. Ma Ezio Murolo, giornalista e partigiano alle Quattro giornate, è un inquieto, un ribelle, uno che ha perfino partecipato all’impresa fiumana di d’Annunzio, ma dubita di Mussolini. Al confino è preso dai dubbi, poi non dubita più e si ributta nella lotta. E Luigi Maresca, commesso delle Poste, che viene licenziato dalle medesime nel gennaio 1928 per avere scritto una lettera di ammirazione a Nitti, dovrà fuggire con la moglie in Francia e poi in Belgio a vivere di stenti, sarà tentato di arruolarsi nella guerra d’Etiopia per uscirne, ma si ferma prima di compiere il passo e sarà sulle barricate napoletane nel 1943. E coloro che ha incontrato?
Dai moltissimi rimasti fuori dal volume, Aragno si sente rimproverato negli ultimi capitoli, per averli trascurati. Sono pagine emozionate, nelle quali non nasconde più la polemica, fino ad allora tenuta sotto tono, verso le forze più grosse della resistenza che nel dopoguerra hanno confiscato la storia ufficiale. Sono soprattutto i comunisti, che oscurano non soltanto gli avversari interni, i bordighiani (un gruppo dei quali resterà a Napoli a lungo, avversato da quell’Eugenio Reale che sarà poi espulso dal partito per ragioni opposte), ma i socialisti e gli anarchici, intransigenti, irriducibili al comunismo «stalinista».

Una guerra di popolo
Non è stata la sofferenza minore, in questo antifascismo, la diffidenza e fin l’odio fra gente che stava dalla stessa parte. A Togliatti Aragno rimprovera, come si può immaginare, la svolta di Salerno. Le figure che ha rintracciato sono, sì, anche di militanti comunisti, ma perlopiù gente che segue altri ideali, spesso persone mosse da una diffusa «rivolta morale» che, appena se ne presentano le condizioni con lo sbarco e l’avanzata degli alleati, si battono con coraggio – popolo autentico, scontri durissimi, con molte perdite inflitte e ricevute, un popolo che una vera strategia di classe non avrebbe consegnato «all’ex fascista e criminale di guerra» Badoglio per compiacere gli alleati. L’opinione cui Luigi Cortesi non ha mai rinunciato in tutta la sua opera (si veda specificamente Mezzogiorno 1943. La scelta, la lotta, la speranza, Edizioni Scientifiche Italiane, a cura di Gloria Chianese) è anche quella di Aragno: una linea insurrezionale, più simile a quella di Tito che ai tempi lunghi di Togliatti, non solo sarebbe stata più giusta, ma era possibile: lo testimoniano quei nomi, quelle storie. Il Pci è accompagnato dall’ombra della repressione del Poum spagnolo, dei trotzkisti, di tutto ciò che è alla sua sinistra e gli appare estremista in Italia e in quel momento; anche quando Aragno ricostruisce le figure dei comunisti con lo scrupolo di sempre, non nasconde che a suo parere le loro priorità sono non quelle del popolo ma del partito e dei suoi legami con l’Unione Sovietica.
Delle molte colpe di cui si accusano oggi i comunisti italiani e che, a mio parere, non reggono a un’analisi ce n’è una assolutamente vera, e della quale il Pci, finché è esistito e i suoi propri seppellitori poi, non hanno mai fatto l’autocritica: la diffidenza e sovente l’attacco alle forze minori che combatterono il fascismo e la resistenza. E non tanto, per ovvi motivi, i socialisti o i pochi trotzkisti italiani, presto valorosi nella resistenza, quanto Giustizia e Libertà. I recenti lavori di Giovanni de Luna, specie il carteggio fra Dante Livio Bianco e Aldo Agosti e i molti studi di Mimmo Franzinelli testimoniano d’una grande realtà e di un grande occultamento. Ma non è questo il nocciolo del lungo lavoro di Aragno: è il bisogno morale di restituire alla memoria i troppi dimenticati di una rivolta, anch’essa anzitutto morale, degli italiani della prima metà del Novecento, e lo sdegno per l’odierna disinvoltura dello stato attuale e delle sue istituzioni su quanto concerne il fascismo. Disinvoltura che non sarà la prima né l’unica ragione del degrado politico di oggi, ma non ne è sicuramente l’ultima.

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N14_ARAGNO

Il Novecento è stato un secolo di molti, troppi coni d’ombra, dove la ricerca storica ha faticato a portare la luce. E, all’interno del “secolo breve” italiano, uno dei momenti che contiene più coni d’ombra è quel ventennio fascista che Valerio Romitelli consigliava, qualche anno fa, di «fare a pezzi»1. Per quanto si sia scritto molto negli ultimi cinquant’anni, molto è ancora il lavoro da fare e Giuseppe Aragno ce ne dà prova in questo agile volume dedicato alla vita di uomini, ma anche di donne, sconosciuti ai più. Un libro dedicato agli sconfitti e agli esclusi della prima metà di quel secolo che ha visto la nascita delle grandi ideologie e, soprattutto, la follia e la distruzione di due guerre mondiali2.  Quella di Aragno potrebbe definirsi una contro-storia, oppure una microstoria: il contraltare alle biografie dei “grandi uomini”, dei condottieri e dei leader. Una serie di medaglioni, di tanti Domenico Scandella, la cui vita nel Friuli del Cinquecento fu raccontata con maestria anni or sono da Carlo Ginzburg3

Il racconto, lo studio e l’interpretazione di queste vite è proprio il nodo gordiano di tutto il libro: chi sono le persone di cui Aragno cerca di ricostruire la vita, spulciando nelle carte dell’Archivio Centrale dello Stato, nei periodici dell’epoca e in una vasta bibliografia secondaria? Per le autorità – sia dell’Italia liberale che dell’Italia fascista e finanche, in alcuni casi, dell’Italia repubblicana – questi uomini e queste donne non sono altro che dei pericolosi sovversivi, dei reietti o dei pazzi. Uomini e donne da schedare, controllare, incarcerare e punire. Per lo storico, invece, la vita di queste persone semplici acquista la sua enorme drammaticità e la storia si trasforma in storie di vita vissuta. Storie individuali e collettive, avventure esistenziali e politiche, memoria popolare di un antifascismo vissuto come lotta quotidiana per la dignità e come incapacità di convivere con l’ingiustizia. Sono le biografie di quelli che, come ricorda lo stesso Aragno, citando Gaetano Arfè, «forse non trionfano mai, ma certamente non sono mai vinti»4
Giuseppe Aragno non è nuovo a questo tipo di ricerche. Studioso del movimento operaio e dell’antifascismo nella realtà di Napoli5, nel 2008, insieme ad A. Höbel e A. Kersevan, ha pubblicato Fascismo e foibe. Ideologia e pratica della violenza nei Balcani e nel 2009 il saggio Antifascismo popolare. I volti e le storie, che si può considerare l’antecedente diretto del libro che stiamo recensendo in questa sede6. La violenza come metodo di repressione e la lotta popolare contro il fascismo sono da tempo al centro delle sue indagini storiografiche e delle sue riflessioni.
In Antifascismo e potere, Aragno ricostruisce le vite di cinque uomini, di due donne e di un’intera famiglia. Il libro si apre proprio con una delle due donne, l’anarchica Clotilde Peani (Torino, 1873 – Napoli, 1942?)7, rinchiusa nell’ospedale psichiatrico provinciale di Napoli perché considerata una sovversiva pericolosa e pazza. L’altra donna è la ribelle, instancabile ed appassionata Emilia Buonacosa (Napoli, 1895 – 1976)8. Attivissima a Milano assieme gli anarchici durante il biennio rosso, Emilia Buonacosa, come molti antifascisti, fuggì in Francia con l’instaurazione della dittatura.
Nel 1937 la ritroviamo a Barcellona a difendere la Repubblica spagnola. Ritornata in Francia, nell’ottobre del 1940 fu consegnata dai nazisti agli italiani e confinata a Ventotene. Liberata solo nell’agosto del 1943, Emilia Buonacosa continuò la sua attività militante anche dopo il 1945, ma la sua lotta non venne mai riconosciuta dallo Stato, che continuò a considerarla una pericolosa sovversiva.
Simili e allo stesso tempo diverse sono le storie dei cinque uomini presenti in questo libro: Nicola Patriarca, Umberto Vanguardia, Giovanni Bergamasco, Pasquale Ilaria e Luigi Maresca. Colpisce la storia di Nicola Patriarca (Mosca, 1893 – ? )9, lavoratore italiano nato in Russia, che nel 1938 sfuggì alle purghe staliniane e si rifugiò in Italia, dove fu accolto a braccia aperte dal regime fascista. Come in molti altri casi, Mussolini approfittò della presenza di un ex comunista per rinvigorire la propaganda antisovietica diretta alle classi lavoratrici, che crebbe notevolmente dopo l’adesione dell’Italia al Patto anti-Comintern e la costituzione dell’asse Roma-Berlino nel novembre del 1936.
Rispetto a molti altri transfughi dell’Italia interbellica, fulminati sulla via di Damasco dal fascismo mussoliniano e convertitisi ad un anticomunismo viscerale, come Nicola Bombacci o Angelo Scucchia10, Kolia Patriarca aveva condiviso fino in fondo i valori della rivoluzione bolscevica e continuava a condividerli. Dopo solo alcuni mesi dall’arrivo in Italia, difatti, per via di qualche frase critica espressa nei confronti del regime fascista e riguardo alle vere condizioni dei lavoratori italiani, Patriarca fu mandato al confino a San Costantino Calabro, dove si perdono le sue tracce.
La vita di Umberto Vanguardia (Napoli, 1879 – 1931)11 è sinonimo di militanza e di abnegazione. Giovanissimo, fu attivo nelle prime organizzazioni che diedero vita al Partito Socialista Italiano a Napoli nel biennio 1893-1894. Arrestato in più d’una occasione dalle forze dell’ordine, come nel 1898, in seguito ai moti popolari che sconvolsero la città partenopea, Vanguardia abbandonò il PSI nel 1902 e si avvicinò agli anarchici, collaborando alla redazione e alla direzione di diversi periodici del mondo libertario italiano, come «La Voce dei Ribelli» di Napoli, «La Protesta Umana» di Milano e «Sorgete» di Napoli. Nell’aprile 1912 venne nominato segretario della Lega dei Lavoratori dell’Arte bianca. Dopo la guerra lo ritroviamo di nuovo a Napoli, dove si dimostrò attivissimo nelle lotte del biennio rosso. Gli arresti paiono essere stati un Leitmotiv nella sua vita. Nel 1926, dopo l’instaurazione della dittatura fascista e le leggi fascistissime, all’arresto seguì l’immediato invio al confino. In gravissime condizioni di salute, Vanguardia venne scarcerato nell’autunno del 1931, ma solo pochi mesi dopo, nel dicembre dello stesso anno, morì a Napoli.
Figlio di un benestante che perse tutto con la rivoluzione bolscevica, Giovanni Bergamasco nacque in Russia negli anni Sessanta dell’Ottocento, ma già nel 1884 si trasferì in Italia. Considerato anarchico pericolosissimo, tanto da essere arrestato in più d’una occasione, nel congresso del Partito Socialista che si tenne a Genova nell’agosto del 1892 seguì la linea di Gori e Malatesta. Successivamente, Bergamasco collaborò attivamente alla nascita del socialismo napoletano e nel novembre del 1901 venne eletto consigliere comunale per i socialisti nella città partenopea. Vicino a Bordiga prima e durante la Grande Guerra, Bergamasco aderì all’USI nell’agosto del 1918. Dopo il biennio rosso, rimase fedele ai suoi ideali, ma politicamente fu quasi inattivo. Nel 1927, in gravissime condizioni economiche, chiese un sussidio a Mussolini, ma, quando gli venne concesso, lo rifiutò. A tal proposito è molto interessante la riflessione di Aragno, che nota: «Né eroe, né martire, Bergamasco fa i conti con la vita, cerca un compromesso, medita la resa, ma si rivolta contro se stesso d’istinto e non cede, benché gli costi caro e la vita diventi un inferno, perché la dimensione in cui si sente vivo è quella della dignità»12. Considerato una specie di pazzo grafomane, tra la fine degli anni Venti e lo scoppio della Seconda Guerra Mondiale, Bergamasco entrò ed uscì innumerevoli volte dalle carceri fasciste e dai manicomi per la distribuzione di manifestini antifascisti nei rioni popolari di Napoli, per aver scritto le parole “W la libertà” sulla saracinesca di un negozio sfitto o per dei semplici fermi periodici della polizia fascista. Il 14 luglio del 1940, a un mese dall’entrata in guerra dell’Italia, Bergamasco venne arrestato a Roma per aver sputato contro un manifesto di Mussolini e venne mandato al confino con una pena di cinque anni. Prima alle Tremiti, dove era stato già confinato nel 1896, e poi nel marzo del 1942, a settantanove anni compiuti, finì i suoi giorni a Lauro, in Irpinia, dove il 29 giugno dell’anno successivo morì nell’ospedale di Avellino.
Diverso il caso di Pasquale Ilaria, uomo d’ordine, capitano dell’Esercito Italiano, volontario in Libia, invalido ed eroe di guerra decorato al valor militare, ma antifascista convinto, tanto da essere inserito nell’elenco dei sovversivi pericolosi da arrestare se necessario; cosa che accadde nel giugno del 1939, quando Ilaria venne arrestato e condannato al confino per cinque anni alle isole Tremiti13. Particolare è anche il caso di Luigi Maresca, liberale ed europeista, malgrado fosse un convinto nittiano, finì per sposare immediatamente una posizione antifascista. Un antifascismo, scrive Aragno, che era «figlio naturale del fascismo e della sua pretesa di imporsi non solo come regime reazionario e classista, ma anche, e soprattutto, come riferimento per le coscienze»14. Licenziato dal posto di lavoro e schedato come sovversivo nel gennaio del 1928, Maresca riuscì a scappare in Francia nel maggio dello stesso anno e poi in Belgio, a Charleroi, dove lo raggiunse la famiglia. In modo analogo a un altro antifascista napoletano esiliato in Belgio, quell’Arturo Labriola che fu teorico del sindacalismo rivoluzionario a inizio secolo e poi Ministro del Lavoro durante l’occupazione delle fabbriche del settembre del 1920, nell’ultimo gabinetto guidato da Giolitti, l’antifascismo di Maresca sembra vacillare nel 1935, con la guerra d’Etiopia, quando «il groviglio di amor patrio e nazionalismo […] sembrano avere la meglio sui sentimenti democratici»15. Maresca, però, al contrario di Labriola, rimarrà in esilio in Belgio, rifiutando l’offerta del regime fascista. In Italia rientrerà nell’estate del 1940, dopo molti tentennamenti e in mezzo all’Europa devastata dalla guerra. Ristabilitosi a Napoli, Maresca fu comunque considerato un sovversivo e vigilato costantemente dalla polizia fascista. I conti con il fascismo li chiuse alla fine di settembre del 1943, partecipando alle Quattro Giornate di Napoli, uno dei primi episodi della Resistenza al nazifascismo in Italia.
Infine, il caso di un’intera famiglia, i Grossi, composta dal padre Carmine Cesare, dalla madre Maria Olandese e dai tre figli: Ada, Aurelio e Renato16. Dall’Italia, nel 1926 la famiglia Grossi era emigrata per ragioni politiche in Argentina, dove il padre, ma anche i giovani figli, avevano svolto, a cavallo tra anni Venti e Trenta, una rilevante attività nel mondo dell’antifascismo italiano. L’11 agosto del 1936, a meno di un mese dallo scoppio della Guerra Civile in Spagna, la famiglia Grossi decise di ritornare in Europa per difendere la Repubblica spagnola. Si stabilì a Barcellona, dove una nutrita comunità di italiani, tra cui Carlo Rosselli e Camillo Berneri, era giunta per prendere le armi contro il fascismo. La famiglia Grossi partecipò a molte delle attività organizzate dagli anarchici della CNT per resistere all’avanzata delle truppe franchiste, appoggiate dai tedeschi e, soprattutto, dagli italiani, che dal gennaio del 1937 iniziarono durissimi bombardamenti sulla città di Barcellona che continuarono fino al gennaio del 193917. Il padre e la figlia Ada diedero vita a Radio Libertà, sulle cui onde si raccontava il dramma della guerra agli italiani, mentre Aurelio e Renato si arruolarono nell’esercito repubblicano, combattendo prima a Malaga, poi a Teruel, infine sull’Ebro. La “guerra nella guerra”, con la repressione stalinista dei trotskisti del POUM nel maggio del 1937, toccò da vicino anche la famiglia Grossi, che ne visse le conseguenze, come la chiusura di “Radio Libertà”18. Nel gennaio del 1939, a ridosso della caduta di Barcellona e di tutta la Catalogna, i Grossi scapparono in Francia insieme a mezzo milione di rifugiati spagnoli. E, come questi, furono internati nei campi francesi: la madre e la figlia Ada nel campo di concentramento di Argéles sur Mer, mentre il padre e i due figli maschi in quello di Saint Cyprien. Dentro al dramma della guerra e dell’internamento vissuto dalla famiglia Grossi, il dramma maggiore lo visse il figlio Renato. Spostato alla fine del 1939 nell’ospedale psichiatrico di Lannemezan negli Alti Pirenei francesi per «deperimento organico ed alterazioni nervose»19, venne trattato come una cavia, tanto da finire in coma per tre giorni nel giugno del 1940. Nell’agosto del 1941 fu rimpatriato in Italia, dove, considerato «affetto da demenza [e] da mania religiosa»20, oltre che un pericoloso sovversivo per la sua partecipazione alla guerra di Spagna con il bando repubblicano, fu internato nell’Ospedale Psichiatrico Provinciale di Napoli fino ad «essere menomato fisicamente e psichicamente» con «atroci terapie da shock elettrico»21. Non fu diversa, purtroppo, la sorte degli altri membri della famiglia Grossi. Tranne la figlia Ada, che nel campo di Argéles sur Mer sposò nell’ottobre del 1940 il repubblicano spagnolo Enrique Guzmán de Soto e andò a vivere con lui a Madrid, dove parteciparono alla resistenza contro il regime di Franco, tutti gli altri membri della famiglia, al loro rientro in Italia nella primavera e nell’estate del 1941, furono confinati a Ventotene e Melfi. Gli innumerevoli tentativi della madre di far uscire il figlio dall’ospedale psichiatrico e di far riunire la famiglia si scontrarono con le risposte negative degli zelanti prefetti fascisti e dello stesso Mussolini. Solo nel settembre del 1943 Renato Grossi venne liberato ed affidato alla madre, la quale aveva riacquistato la libertà poco prima dell’armistizio. Ma Renato non si riprese mai più da quei tre durissimi anni di trattamenti psichiatrici immotivati e crudeli e visse fino alla morte, avvenuta nell’agosto del 2001, tra le cure della famiglia e i periodi di ricovero nelle cliniche.
Antifascismo e potere è un libro di grande interesse non solo per la «storia di storie» che contiene – storie, vale la pena sottolinearlo, che fino ad ora non erano mai state raccontate22 –, ma per più ragioni. Innanzitutto, per la centralità data alla biografia, cosa non frequente nella storiografia italiana, rispetto ad altre scuole storiografiche come quella anglosassone. Aragno dimostra quello che, una ventina d’anni fa, evidenziava Serge Noiret nell’introdurre la biografia di Nicola Bombacci: l’individuo non può e non deve considerarsi come un semplice «oggetto sociologico senza nome», ma come un canale per percepire e decifrare la cultura di un’epoca. L’individuo, sarebbe a dire, deve pensarsi e concepirsi come l’unico luogo storico nel quale si danno incontro, al di là di ogni schematismo storiografico, tutte le forze economiche e morali che contribuiscono a fare la storia23.
In secondo luogo, per il ruolo assegnato alle donne in questa serie di biografie. La vita di Clotilde Peani, di Emilia Buonacosa, di Ada Grossi e di Maria Olandese dimostrano il ruolo non secondario delle donne nella lotta antifascista e, più in generale, nella politica novecentesca. Come notano Claudia Locchi e Iara Meloni in una breve biografia dell’antifascista bolognese Nerina Zotti, da parte degli ufficiali di Pubblica Sicurezza «alle donne è riconosciuta una scarsa capacità di autodeterminazione, e le motivazioni profonde per cui un’attivista fa politica sono spesso ricercate nella diretta influenza del marito, del padre, del fratello» portando all’assurdo presupposto «dell’inconciliabilità delle donne con la politica»24. Una considerazione che, purtroppo, non ha riguardato solo gli ufficiali della pubblica sicurezza, ma anche parte della storiografia degli ultimi sessant’anni.
In terzo luogo, Antifascismo e potere propone una riflessione sul fenomeno della psichiatria come strumento di repressione politica. La drammatica storia di Renato Grossi, ma anche quelle di Clotilde Peani e Giovanni Bergamasco, ne sono una prova. E rimandano al capolavoro di Gianni Nebbiosi, psichiatra e cantautore che nel 1972, con la collaborazione di Giovanna Marini, compose ed incise E ti chiamaron matta, un album che volle essere un j’accuse ai manicomi e che aprì, in un certo qual senso, le porte alla legge Basaglia.
Infine, queste biografie dimostrano la centralità di una categoria chiave per la comprensione del Novecento: la passione per la politica. Una passione che è stata così forte da travolgere intere vite. Una passione che fu qualcosa di distinto dagli interessi e, spesso, ben lontana dal potere25. Una passione, che a noi, uomini del XXI secolo, sommersi in un’apatia da cui pare essere così difficile uscire, ci sembra una cosa lontana, d’altri tempi e d’altri luoghi. Una passione che però fu tangibile, presente e reale, come la vita di questi «umili eroi della storia di cui troppo raramente ci ricordiamo» ci ha dimostrato26

Note

1 ROMITELLI, Valerio, DEGLI ESPOSTI, Mirco, Quando si è fatto politica in Italia? Storia di situazioni pubbliche, Soveria Mannelli, Rubbettino, 2001, p. 217.
2 Al riguardo, vedasi quattro volumi che analizzano queste questioni e questo nodo storico da punti di vista diversi come BRACHER, Karl Dietrich, Il Novecento secolo delle ideologie, Roma, Laterza, 1984; HOBSBAWM, Eric J., Il Secolo breve, Milano, Rizzoli, 1995; MAZOWER, Mark, Le ombre dell’Europa, Milano, Garzanti, 2000; TRAVERSO, Enzo, A ferro e fuoco. La guerra civile europea, 1914-1945, Bologna, Il Mulino, 2007.
3 GINZBURG, Carlo, Il formaggio e i vermi. Il cosmo di un mugnaio del ’500, Torino, Einaudi, 1976.
4 ARAGNO, Giuseppe, Antifascismo e potere. Storia di storie, Foggia, Bastogi, 2012, p. 106.
5 Tra gli altri, ricordiamo, ARAGNO, Giuseppe, Socialismo e sindacalismo rivoluzionario a Napoli in età giolittiana, Roma, Bulzoni, 1980; ID., Siete piccini perché siete in ginocchio. Il Fascio dei lavoratori, prima sezione napoletana del PSI, 1892-1894, Roma, Bulzoni, 1989; ARFÈ, Gaetano, Scritti di storia e politica, a cura di Giuseppe Aragno, Napoli, La Città del Sole, 2005.
6 ARAGNO, Giuseppe et alii, Fascismo e foibe. Ideologia e pratica della violenza nei Balcani, Napoli, La Città del Sole, 2008; ARAGNO, Giuseppe, Antifascismo popolare. I volti e le storie, Roma, Manifestolibri, 2009.
7 ID., Antifascismo e potere, cit., pp. 9-13.
8 Ibidem, pp. 53-72.
9 Ibidem, pp. 14-22. a cura di Steven FORTI.
10 Sui transfughi dell’Italia interbellica ed in particolare sulla figura di Nicola Bombacci e di Angelo Scucchia, vedasi FORTI, Steven, El peso de la nación. Nicola Bombacci, Paul Marion y Óscar Pérez Solís en la Europa de entreguerras, Tesi di dottorato in storia contemporanea,Università Autonoma di Barcellona, Barcellona, 2011, cap. I. Vedasi anche ID., «Partito, rivoluzione e guerra. Il linguaggio politico di un transfuga: Nicola Bombacci (1879-1945)», in Memoria e Ricerca, 31, 2/2009, pp. 155-175.
11 ARAGNO, Giuseppe, Antifascismo e potere, cit., pp. 23-40. Antifascismo e potere. Storia di storie.
12 Ibidem, pp. 81-106. La citazione si trova a p. 102.
13 Ibidem, pp. 73-80.
14 Ibidem, pp. 41-52. La citazione si trova a p. 44. a cura di Steven FORTI.
15 Ibidem, p. 46. Su Labriola, vedasi, tra gli altri, MARUCCO, Dora, Arturo Labriola e il sindacalismo rivoluzionario in Italia, Torino, Einaudi, 1970 e DI CAPUA, Giovanni, Un libertario nelle istituzioni. Arturo Labriola dall’antifascismo alla Repubblica, Napoli, Edizioni Simone, 1999.
16 ARAGNO, Giuseppe, Antifascismo e potere, cit., pp. 107-145.
17  Vedasi, tra gli altri, il catalogo della mostra Quan plovien bombes/Quando piovevano bombe (Barcellona, Generalitat de Catalunya-Museu d’Història de Catalunya-Memorial Democratic, 2007) curata da Laura Zenobi e Xavier Domènech e presentata nella primavera del 2007 a Barcellona e, durante il 2008, in varie città italiane. Riguardo ai durissimi bombardamenti che colpirono il capoluogo catalano durante la Guerra Civile e di cui fu responsabile l’Aviazione Legionaria fascista, nell’ultimo lustro sono stati pubblicati alcuni libri e diversi saggi. Nel maggio del 2011 l’Associazione Altraitalia presentò una denuncia contro lo Stato italiano per crimini contro l’umanità causati da questi bombardamenti. Dopo quasi due anni e il diniego del Tribunale di Madrid, nel gennaio del 2013 il Tribunale di Barcellona ha accettato il ricorso presentato dall’Associazione Altraitalia e ha aperto una causa contro 21 piloti dell’Aviazione Legionaria fascista. Il fatto è di grande importanza, tenuto conto che è la prima volta che in Spagna si apre una causa riguardo a fatti accaduti durante la Guerra Civile. Vedasi, GARCÍA, Jesús, «Reabierto el frente judicial por los crímenes de la Guerra Civil» in El País, 23 gennaio 2013, URL: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/01/23/catalunya/1358933175_968312.html [consultato il 7 febbraio 2013].
18 Vedasi, GALLEGO, Ferran, Barcelona, mayo de 1937. La crisis del antifascismo en Cataluña, Barcelona, Debate, 2007.
19 ARAGNO, Giuseppe, Antifascismo e potere, cit., p. 130.
20 Ibidem, p. 134.
21 Ibidem, pp. 112, 135. a cura di Steven FORTI.
22 Tranne nel caso di Umberto Vanguardia su cui recentemente si è pubblicata la biografia di GIULIETTI, Fabrizio, Umberto Vanguardia. Azione e propaganda di un anarchico napoletano (1879-1931), Napoli, Galzerano, 2009.
23 NOIRET, Serge, Massimalismo e crisi dello stato liberale. Nicola Bombacci (1879-1924), Milano, Franco Angeli, 1992, p. 21.
24 LOCCHI, Claudia, MELONI, Iara, Nerina Zotti tra le righe. La vita di una sovversiva nelle carte della Questura di Bologna, in BETTI, Eloisa, TAROZZI, Fiorenza (a cura di), Le Italiane a Bologna, Bologna, Editrice Socialmente, 2013, p. 134. Antifascismo e potere. Storia di storie.
25 Riguardo a questa interessante questione, vedasi HIRSCHMANN, Albert O., Le passioni e gli interessi. Argomenti politici in favore del capitalismo prima del suo trionfo, Milano, Feltrinelli, 1979 e, soprattutto, le riflessioni contenute in ROMITELLI, Valerio, L’odio per i partigiani. Come e perché contrastarlo, Napoli, Cronopio, 2007.
26 ARAGNO, Giuseppe, Antifascismo e potere, cit., p. 140.

* Steven FORTI è Dottore di ricerca per l’Universidad Autónoma de Barcelona con una tesi centrata sulla questione del transito di dirigenti politici di sinistra al fascismo nell’Europa interbellica, le ricerche di Steven Forti (Trento, 1981) si focalizzano sulla storia politica e del pensiero politico nel XX secolo, con particolare attenzione allo studio biografico ed all’analisi del linguaggio politico. Collaboratore di varie riviste di storia contemporanea in Italia e Spagna (Memoria e Ricerca, Spagna Contemporanea, Storicamente, Nous Horitzons, Atlántica XXII), è stato uno dei fondatori di PRAXIS (Asociación de Jóvenes Investigadores en Historia y Ciencias Sociales) ed attualmente è membro del CEFID (Centre d’Estudis sobre les Epoques Franquista i Democràtica) e dell’Asociación de Historia Contemporánea spagnola. Nei prossimi mesi si pubblicheranno i suoi primi due libri: El peso de la nación. Nicola Bombacci, Paul Marion y Óscar Pérez Solís en la Europa de entreguerras e Historia de las Comisiones Obreras de la construcción de Cataluña (1964-1992).
http://www.studistorici.com/progett/autori/#Forti

FORTI, Steven*, «Recensione: Giuseppe ARAGNO, Antifascismo e potere. Storia di storie, Foggia, Bastogi, 2012, 151 pp.», Diacronie. Studi di Storia Contemporanea: Processo penale, politica, opinione pubblica(secoli XVIII-XX), 29/08/2013, http://www.studistorici.com/2012/08/29/forti_numero_14

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Luigi Parente, in Giornale di Storia Contemporanea, n. 2 dic 2010

Leggere, spiegare interpretare la storia:
ogni nuova lettura è infatti una nuova costruzione,
una riscoperta del passato ad uso del presente

Michael Walzer, Esodo e rivoluzione, 1985

Di certo si ripete un banale truismo quando si dice che è il presente con l’insieme dei suoi problemi politici e sociali a spingere lo storico a interessarsi di un dato tema, così da concludere che in ultima istanza ogni movimento storico risulta contemporaneo. Nessuno meglio di Marc Bloch, tra gli storici del XX secolo, ha insistito sull’indissolubilità del legame passato-presente per fare storia, ed è altrettanto significativo che su questo nodo egli s’interrogasse nei mesi precedenti la sua fucilazione ad opera delle truppe naziste avvenuta alle porte di Lione, nella primavera del 1944. Antifascismo popolareMi sembra questa la premessa d’obbligo dal momento che è la crisi del modello democratico occidentale che stiamo vivendo, unita alla deriva populistico-autoritaria dei governi di centro-destra del nostro Paese, il focus storico e ideologico del recente, interessante saggio che Giuseppe Aragno ha dedicato all’antifascismo popolare a Napoli (Giuseppe Aragno, Antifascismo popolare. I volti e le storie, manifesto libri, Roma, 2009)1. Ed è ancora una volta il pensiero di Bloch – “L’incomprensione del presente nasce fatalmente dall’ignoranza del passato. Forse però non è meno vano affaticarsi a comprendere il passato, ove nulla si sappia del presente”2, a sollecitare un corretto approccio d’analisi per un tema di così aperta attualità, nonostante i non pochi tentativi contrari messi in campo dal revisionismo storico negli ultimi anni.
Parlare quindi dell’antifascismo della città di Benedetto Croce, il riconosciuto capofila dell’antifascismo “morale”, la cui “religione della libertà” portò – come è noto – più di una generazione di lettori delle sue opere alla scelta della lotta armata contro la dittatura significa fare i conti oltre che con la storiografia contemporanea con il dibattito che considera questo tema ormai obsoleto.
Finora la letteratura dell’antifascismo napoletano – è risaputo – si è polarizzata essenzialmente su due filoni di ricerca. Da una parte ha analizzato il mondo dell’intellighenzia che vedeva muoversi intorno allo stesso Croce personaggi della cultura come Adolfo Omodeo, Roberto Bracco, Francesco Flora e altri, tutti in fondo riconducibili alla lezione dell’idealismo storicista; dall’altra il mondo del lavoro d’area comunista sta, cui si rifacevano nei primi anni Trenta del secolo scorso i “giovani” intellettuali Emilio Sereni, Manlio Rossi Doria, Giorgio Amendola. Decisamente altro invece è l’obiettivo di Antifascismo popolare: nessuna concessione alla “storia dall’alto” né tantomeno a quella dei leader dei partiti, dal momento che l’attenzione dell’Autore è rivolta alla soggettività dei militanti e al complesso definirsi e manifestarsi dell’antagonismo dei “sovversivi”, non limitato infine alla sola area comunista. In una parola, sono le “storie di vita” ricostruite dall’onnipotente polizia di Arturo Bocchini a fare la storia dell’antifascismo, da cui muove Aragno nel ripercorrere il difficile e sofferto “viaggio” delle idee e delle e delle azioni di uomini e donne contro il totalitarismo in un saggio originale che si colloca perciò ai massimi livelli della storiografia contemporanea. A questo punto, se un riferimento si deve fare, il richiamo obbligato non può che essere al lavoro di Danilo Montaldi e che cosa ha significato l’ “osservazione partecipe” che lo studioso cremonese ha messo in piedi nella ricostruzione del movimento socialista italiano tra Ottocento e Novecento nelle sue molteplici espressioni e derivazioni, a cominciare ovviamente dal riconoscimento dell’importanza avuta dal rimosso anarchismo3. Tornerò dopo sull’aspetto specificamente metodologico-storiografico e sugli interrogativi che il saggio di Aragno sollecita, mentre ora mi sembra opportuno fare alcune considerazioni di ordine politico generale per contestualizzare il tema affrontato.
Il punto di partenza di Antifascismo popolare è in diretta connessione con il ciclo storico e politico degli ultimi venti anni, l’origine cioè della crisi attuale. Il periodo che ha visto implodere in campo internazionale, nel 1991, l’Urss e il “socialismo reale” mentre in Italia la vittoria del liberismo portava al potere, nel 1994, il primo governo Berlusconi, espressione di un reazionarismo populistico sintesi della collaborazione dei partiti dell’estrema destra, tra cui Alleanza Nazionale e la Lega Nord. In contem-poranea si assisteva alla scomparsa del Pci, il più forte partito comunista d’Occidente protagonista di “storiche” conquiste politiche e sindacali dell’ultimo mezzo secolo, a favore di una nuova formazione partitica d’impostazione democratica che tagliava però di netto con la tradizione del movimento operaio e la cultura di sinistra. Una tale pratica politica ovviamente si accompagnava a livello ideologico con un revisionismo storiografico sia di destra che di sinistra che considerava il fascismo e il comunismo due utopie tragiche e speculari del Novecento …
Per quanto concerne propriamente l’antifascismo italiano, il riferimento polemico di Aragno anche se appena richiamato è il fortunato pamphlet di Sergio Luzzatto, La crisi dell’antifascismo4, eccessivamente esaltato e pour cause dalla sinistra nostrana, dal momento che non si può tralasciare di ricordare che lo storico torinese è rimasto vittima dello stesso schematismo revisionistico che voleva combattere. Se il fascismo è definitivamente morto da anni e non se ne vede ormai ombra alcuna – è questa la tesi di Luzzatto – l’antifascismo quindi, privo di avversari, rappresenta un pugile suonato, prigioniero com’è di un’anacronistica coazione a ripetere. In Italia poi, egli precisa, “non vi è stato antifascismo senza il contributo decisivo del comunismo”; ora “è vero che il comunismo è finito male. Come stupirsi, allora, se la fine dell’uno ha accelerato l’agonia dell’altro?”5. Circa i partigiani sopravvissuti, la conc1usione è ancora più obbligata: “L’ombra del comunismo, con il suo carico enorme di sofferenze e di atrocità, si allunga su questi vecchi […] fino a farli apparire improbabili come campioni di moralità e maestri di democrazia”6. Caduto infine il muro di Berlino, è morto anche il comunismo, ed allora per il nipotino italiano di Nolte anche l’antifascismo muore per inedia mentre la generazione che lo ha vissuto si esaurisce per legge naturale …
Si sarebbe visto di lì a poco che la retorica delle “magnifiche sorti e progressive” della “catastrofe” epocale del 1989-91 preludeva semplicemente ad una fase di selvaggio liberismo, il cui collante ideologico poggiava enfaticamente sulla “fine della storia” e la centralità del mercato quale unico mezzo di sviluppo. Dapprima la guerra civile nell’ex Jugoslavia poi l’assorbimento dei paesi dell’Europa dell’Est da parte di quelli: capitalistici dell’Europa unita, infine la guerra del Golfo segneranno la caduta delle illusioni dell’ultimo decennio del Novecento.
Su una novità di tale portata vale la pena ricordare quanto scrisse un irriducibile critico delle ideologie correnti come Franco Fortini “I grandi movimenti, non possiamo ancora decifrarli. Possono avere esiti imprevedibili, buoni o pessimi. Ma una cosa è certa: qualcosa è crollato, non solo laggiù, ma qui. Non è la libertà‟ di cui scrivono i ridicoli mostri della pubblicistica di servizio. È una liberazione. Non credevo di arrivare a vedere questo inizio. Devo ripensare, imparare, capire”7.
Diversamente però dall’impegno rivendicato dall’intellettuale Fortini per comprendere il presente in movimento, la politica internazionale risponde con le armi di sempre, a cominciare dalla guerra. È anche il momento, detto tra parentesi, della massima diffusione nel nostro paese del pensiero di Carl Schmitt. Dopo l’abbattimento delle torri gemelle di New York e la successiva guerra all’Irak di Saddam Hussein usando falsi documenti circa il possesso di armi di distruzione di massa, la politica imperialistica di George W. Bush localizza nel mondo islamici il centro del terrorismo internazionale, aprendo contro di esso una crociata in difesa dei valori occidentali e questo significa la sostituzione del Welfare con il Warfare e l’annessa politica di potenza. “Il passaggio dallo stato sociale all’economia politica è stato decisivo, ha scritto Mario Tronti dinanzi al manifestarsi delle prime crepe del mercato globale. E si è incontrato con il fallimento della costruzione di socialismo, l‟intero campo anticapitalistico si è sfaldato”.

Nello specifico italiano, intanto, assistevamo alla crisi del sistema dei partiti ad opera di Tangentopoli con il trionfo dell’homo novus, il cavaliere del Lavoro Silvio Berlusconi, il cui obiettivo era arrivare attraverso un bonapartismo mediatico all’annullamento degli istituti di democrazia rappresentativa nati dalla Resistenza. Ancora una volta, un abile animale politico tentava, in tempo di alta tecnologia dell’informazione, il recupero del peggiore reazionarismo della storia novecentesca del nostro Paese, facendo tesoro del senso di sfiducia diffuso tra l’opinione pubblica e del rigetto della politica che accompagna periodi del genere8. Di qui il manifestarsi di un progetto populistico-autoritario che vede un attacco sistematico alle regole della democrazia, dal ridimensionamento del parlamento a vantaggio dell’esecutivo e in particolare del “capo” del governo che legifera prevalentemente con decreti-legge, alla lotta costante all’autonomia e ai rappresentanti del potere giudiziario, che ha “osato” incriminarlo in diverse occasioni per provati reati di corruzione e falso nella gestione delle sue aziende televisive, alla sempre maggiore influenza della chiesa cattolica negli affari dello Stato e nelle questioni di bioetica – si ricordi la violenta crociata dei difensori della vita sul tema dell’eutanasia a proposito del “caso Englaro” -, alla caccia allo straniero, al quale una superficiale quanto indiscutibile lettura razzista della crisi economica attribuisce l’origine di ogni malessere.
Dalla parte dell’opposizione di sinistra, l’incapacità politica del governo Prodi, determinata dall’assenza di un progetto politico-culturale alternativo a quello berlusconiano, ha portato quell’area all’inevitabile sconfitta elettorale dell’aprile 2008, trascinando con sé anche la rappresentanza della “sinistra radicale”. In questo stato di cose, che ho sintetizzato per ovvi motivi in maniera cronachistica, si viene alimentando giorno dopo giorno la deriva populistico-autoritaria della democrazia italiana, e ridotti così gli spazi del dibattito tra posizioni non più diverse – tanto dal punto vista politico che ideale -, si afferma il pensiero politico del regime. La definizione di deriva populistico-autoritaria è di uno storico della letteratura, attento da sempre alle contraddizioni della società capitalistica, qual è Alberto Asor Rosa e risale all’estate 2008. inoltre Asor Rosa si rivela tra i pochi intellettuali italiani impegnati a seguire storicamente i segni del “fascismo” e/o del totalitarismo del quarto governo Berlusconi in polemica con la lettura moderata della sinistra e della maggioranza della stampa, che non riconosce alcuna matrice antidemocratica a quella prassi politica.9
Per tornare al nostro argomento, va detto che è l’attuale situazione politica italiana con i suoi numerosi caratteri antidemocratici – talvolta sfocianti in aperto fascismo da parte dell’esecutivo in carica – ad aver spinto alcuni analisti allo studio del fenomeno fascista del XX secolo, mentre nel frattempo le posizioni del revisionismo di destra sono diventate ormai giudizi storici acquisiti. In questo clima di impudica quanto strumentale amnesia dei recenti processi storici, di cui qualsiasi deputato del Partito della libertà o della Lega Nord dà quotidianamente testimonianza, uno studioso del fascismo, Emilio Gentile, ha ricordato quanto sostenuto tra il provocatorio e il surreale da un anonimo nostro contemporaneo “Forse il fascismo non è mai esistito”10. Ma nonostante una tale grottesca situazione – o grazie ad essa? – da alcuni anni stiamo assistendo ad una lenta, qualificata ripresa della storiografia del fascismo napoletano tanto da poter parlare di un Faschismus-Renaissance. alla cui base va collocata la messa in discussione dell’ideologia berlusconiana dell’ “eterno presente”. I primi risultati finora conseguiti fanno ben sperare, ed è certamente questo il modo migliore di rispondere ai revisionismi nostrani che teorizzano la defascistizzazione del fascismo come la definisce appunto lo stesso Gentile, per caratterizzare la dittatura mussoliniana alla stregua di uno Stato autoritario privo del parlamento! In breve si nega in maniera esasperante che vi sia stata un’ideologia fascista, una classe dirigente fascista, una cultura fascista, una dittatura fascista, dato che la perdizione del regime è dovuta principalmente all’intesa con la Germania nazista e di qui il successivo razzismo e antisemitismo.
Di questo filone d’indagine di storia locale non si può trascurare di citare la ricerca realizzata qualche anno fa dalla Cgil e curata da Gloria Chianese, Fascismo e lavoro a Napoli. Sindacato corporativo e antifascismo popolare (1930-1943), del 2006, con saggi di Giuseppe Aragno, Alessandro Hobel, Andrea De Santo11. In quell’occasione sempre Aragno aveva dato un’anticipazione dell’indagine avviata sull’antifascismo popolare napoletano che si sarebbe concretizzata nell’omonima monografia del 2009. Un altro lavoro degno di segnalazione è senza dubbio il Seminario di studio su Fascismo e antifascismo a Napoli (1922-1952), tenuto presso l’Istituto italiano per gli studi filosofici di Napoli tra il gennaio e l’aprile 2005 e pubblicato l’anno dopo con l’omonimo titolo da “La Città del Sole”, contenente saggi di Luigi Cortesi, Luigi Parente, Sergio Muzzupappa, Alessandro Hobel, Fabio Gentile12. Si tratta di una significativa summa di analisi politico-sociali sullo scontro fascismo-antifascismo nella metropoli del Mezzogiorno che supera cronologicamente il ventennio e si collega alle novità critico-metodologiche apertesi con il Sessantotto in particolare grazie al lavoro pionieristico di Guido Quazza e Luigi Cortesi13. Il merito di questi due studiosi è stato infatti il superamento del “mito della Resistenza” tanto a cuore ai partiti di massa antifascisti insieme alla considerazione della sua centralità nella storia dell’Italia del Novecento, così che stigmatizzando i caratteri della democrazia da essa derivata veniva messo in risalto il ritardo dell’applicazione della Costituzione nel fondare una reale società democratica.
Nell’analizzare inoltre – per quanto concerne il caso Napoli – la transizione dal fascismo alla Repubblica all’indomani del Secondo conflitto mondiale, Cortesi, in un saggio del 1977, esemplare per il rapporto instaurato tra i dati strutturali di quella società e la memoria collettiva dei protagonisti delle lotte di quegli anni, ha parlato della città partenopea come di un “laboratorio politico” della storia italiana del XX secolo. E ciò per essere stata l’ex capitale del Regno delle Due Sicilie una delle sedi della nascita insieme a Torino del Partito comunista fondato per iniziativa di Amadeo Bordiga14. Ed ancora, quello che accadrà a Napoli dopo la rivolta antifascista popolare delle Quattro giornate (28 settembre-1 ottobre 1943) e la presentazione del “partito nuovo” di Togliatti con la “svolta di Salerno” (aprile 1944) sarà niente altro che la prefigurazione dello sviluppo moderato entro cui s’incanalerà la politica comunista nei decenni successivi. Come è noto, il progetto del “partito nuovo” del Pci “verteva sulla collaborazione delle forze della sinistra con la vecchia classe politica prefascista in direzione di una “democrazia progressiva” da realizzare nell’ambito degli istituti di uno Stato liberal-costituzionale. In una parola, è Napoli la capitale della nuova Italia nel 1943-44, visto che è essa e non Brindisi né Salerno il centro politico del “regno del Sud”, ed è qui che il vecchio blocco storico proverà i nuovi compromessi di governo prima di passare a Roma.
A questo punto, bisogna sottolineare che l’antifascismo napoletano che esce dal saggio di Aragno si presenta estremamente variegato e differenziato nei suoi caratteri ed obiettivi anche se ovviamente non molto diffuso nella società locale, ma non fu questo il proprio dell’opposizione nazionale, dato il forte controllo messo in piedi dai sistemi di repressione, come sta chiarendo la recente storiografia dello Stato totalitario mussoliniano? Lo studioso napoletano si muove con padronanza nell’area dell’antifascismo, tra la tradizionale critica delle “anime belle” alla Croce e l’opposizione moderata di una limitata parte del mondo cattolico, subalterna al fascismo delle gerarchie ecclesiastiche che si riconoscevano nell’opera del cardinale Ascalesi, fino all’antagonismo di classe dei militanti e “sovversivi” di sinistra, in primis gli anarchici, la cui individuazione e sistemazione rappresentano senz’altro la parte la parte più originale dell’intero lavoro. Di conseguenza, risulta oltremodo difficile dar conto delle numerose iniziative e forme di lotta che l’Autore ha ricostruito sulla base delle carte del Casellario Politico Centrale dell’Archivio Centrale dello Stato, mentre lo spettro d’esame va oltre la limitata fase dello “spontaneismo” del dopo 8 settembre, rimasto tuttora il motivo ispiratore della rivolta dell’autunno 1943 secondo la vulgata storiografica. E ciò, nonostante le immediate conclusioni “aperte” su quelle “giornate” di uno storico, attento analista della dialettica socio-politica come Corrado Barbagallo in Napoli contro il terrore nazista15.
Entrando poi nel merito dell’antifascismo napoletano, si esce dall’impasse dei luoghi comuni o peggio dal minimalismo revisionistico oggi di moda soltanto seguendo – a dire di Aragno – il “lungo viaggio di generazioni diverse dal punto di vista sociale e/o ideologico di quella singolare galassia culturale e politica che fu la Napoli dei primi decenni del Novecento. Ancora una volta, come è accaduto per casi di altre realtà del nostro Paese, il primo problema da affrontare riguarda lo studio della società nelle sue stratificazioni – così l’indagine spazia dalla grande borghesia delle professioni libere alla classe operaia di fabbrica all’artigianato, elemento di forza dell’economia locale, ed ancora dalla piccola-borghesia al sottoproletariato metropolitano hegelianamente liquidato come “plebe” dallo storicismo contemporaneo: in una parola, è realmente l’antifascismo popolare napoletano il protagonista dell’analisi.
Per inquadrare infine la tradizione rivoluzionaria di questa area di irriducibili oppositori del regime ci aiuta la storia della città di Napoli tra Ottocento e Novecento, la sua presenza nelle vicende delle lotte per la democrazia postunitaria non disgiunta da quella del contemporaneo movimento operaio e socialista. Alla base di quest’ultimo, si ritrova l’eredità del movimento anarchico di Bakunin, che nell’ex capitale borbonica fu attivo all’indomani dell’Unità, e la cui critica al parlamentarismo democratico mazziniano portò alla fondazione della prima Sezione italiana dell’Internazionale (1869). Ed inoltre non minore influsso esercitò nella galassia della sinistra – nel secolo successivo – il comunismo internazionalista di Bordiga, dopo la breve fase del sindacalismo rivoluzionario che ebbe in Arturo Labriola ed Enrico Leone le avanguardie di livello nazionale. Ancora una volta l’utilizzo della categoria di “laboratorio politico” si rivela proficuo ai fini di una ricostruzione sine ira et studio del movimento operaio e socialista napoletano che in quell’area mise in piedi un importante centro di teoria pratica.
Ma è proprio il ruolo dell’ anarchia nella conoscenza e diffusione del pensiero di Marx nel nostro Paese poco considerato da Aldo Romano nella sua fondamentale Storia del movimento socialista in Italia (Milano-Roma, 1954-56, voll. 3; ripubblicata nel 1966), è stato ritenuto invece nodale dalla successiva storiografia socialista e ha ricevuto da Aragno l’inoppugnabile conferma della tendenziosità della tesi dello storico napoletano. Nel libro, il caso del giovane Romano divenuto negli anni Trenta del secolo scorso uno storico vicino alle posizioni del fascismo, viene affrontato con la necessaria acribia filologica e non minore sensibilità umana, rivelando così tutta la maturità del ricercatore nel trattare argomenti di tale delicatezza.
Il ventenne studente liceale Aldo Romano, figlio di Nunzio proprietario e direttore dell’Istituto scolastico privato “Vittoria Colonna” della città partenopea, nutrito in un ambiente di idee radical-socialiste, viene condannato per antifascismo insieme all’amico Giovanni Pugliese-Carratelli, il futuro filologo classico della Scuola Normale di Pisa, a due anni di confino a Cava. Dopo però appena 8 mesi di “condotta irreprensibile”, il capo del Governo lo restituisce alla famiglia (12 luglio 1931)16. Pentitosi degli errori giovanili, questi riesce ad iscriversi al Pnf, nonostante il parere negativo della Federazione napoletana, ed inizia così con la protezione di Gioacchino Volpe e del ministro dell’Educazione nazionale De Vecchi la folgorante carriera di storico del Risorgimento, rappresentando il fascismo agli appuntamenti culturali internazionali.
In quegli stessi anni la recrudescenza del controllo quotidiano della polizia nonché il suo sempre più duro comportamento nei confronti dell’antifascismo militante si spiegano, secondo l’Autore, alla luce dell’aumento del costo della vita indotto dalla crisi industriale e produttiva che colpisce sia la città che la regione, interessando l’area chimica e metallurgica, il settore marittimo, quello tessile senza trascurare il mondo dell’artigianato, elemento portante dell’economia locale. Si acuisce di conseguenza il sistema repressivo della dittatura, e pur tra non poche contraddizioni il Questore riesce a mettere in piedi un collaudato apparato di controllo, da cui sarà colpita in particolare la sinistra di classe, mentre l’obiettivo del potere è d’ora in poi uno Stato totalitario efficiente.
Nel secondo dopoguerra, Aldo Romano, ormai noto per gli studi su Carlo Pisacane e per la genesi nazional-democratica del comunismo italiano, aderirà al Pci, e vestiti i panni dello stalinismo imperante contesterà dal punto di vista storiografico l’azione del rivoluzionario Bakunin, fino a definirlo un “deviazionista” e un “opportunista” del movimento socialista17. Violenza settaria e pregiudizi ideologici che riportano ad una stagione politica definitivamente storicizzata, sulla quale la critica storica sviluppatasi sull’interdetto mondo dell’anarchia, si ricordi per tutti il lavoro avviato fin dagli anni Cinquanta da Pier Carlo Masini ha conseguito contributi di indiscusso valore ed importanza.
Se intanto ci soffermiamo al puro dato statistico dell’antifascismo Napoletano vi troviamo oltre 2000 antifascisti schedati dal Casellario Politico, e 396 confinati. A costoro poi occorre aggiungere gli ammoniti, i diffidati, coloro che finirono davanti al Tribunale Speciale, quanti insomma passarono tra le maglie del sistema poliziesco – e sì che ce ne furono! -, ed infine non pochi esponenti femminili, a cominciare da quella Teresa Pavanello, una napoletana nata in emigrazione in Brasile, che conoscerà tutti i luoghi della repressione, prima di finire sepolta nel manicomio provinciale della sua città.
Essenzialmente due risultano le novità di rilievo del libro di Aragno: il riconoscimento della presenza in realtà abbastanza considerevole del movimento anarchico nella metropoli meridionale, finora identificato soltanto con la militanza del dentista Giuseppe Imondi e della sua compagna, l’indimenticabile Maria Berardi; e last but not least, l’antifascismo femminile. Senza tuttavia voler sottovalutare il significato e la portata critica del pensiero libertario all’interno del movimento socialista, di cui l’indagine dà non pochi dati sia storici che archivistici di prima mano, credo che la ricerca dovrà in futuro continuare a insistere sul secondo argomento, dal quale emergono in maniera inequivocabile tanto l’originalità che la diversità del femminismo quale si espresse nella lotta al fascismo.
Tra le tante “storie di vita” tirate fuori dall’oblio e ricostruite in maniera davvero partecipe da Aragno si colloca quella della famiglia Grossi che vale la pena seguire attraverso le vicissitudini dei suoi componenti, all’indomani della fuga dalla Italia alla ricerca di un rifugio sicuro. L‟internazionalismo socialista del XX secolo è incarnato come meglio non si potrebbe dall’avvocato antifascista Carmine Cesare Grossi e dalla moglie, Maria Olandese, noto soprano lirico conosciuto finanche a Pietroburgo, dove ha cantato alla corte dello zar. In breve, siamo in presenza di una esperienza politica che attraversa gli avvenimenti cruciali del secolo, segnando al tempo stesso la irriducibile forza d’animo di tali convinti militanti. L’avvocato Grossi è una figura nota della ricca borghesia napoletana dell’età liberale; i suoi amici sono Enrico De Nicola, Giovanni Porzio, lo stesso Croce, ma dinanzi alla dittatura fascista decide, nel 1926, d’emigrare in Argentina con la moglie, i due figli maschi Aurelio e Renato, e la figlia femmina Ada. A Buenos Aires si farà subito conoscere per l’opposizione decisa al totalitarismo, per gli articoli su “L’Italia del popolo” e il dialogo aperto all’interno del rissoso fronte antifascista. Allo scoppio dello scontro “civiltà-barbarie”, la famiglia Grossi torna in Europa per partecipare alla guerra civile in Spagna, a fianco delle Brigate internazionali. Intanto l’avvocato è nominato dal governo Largo Caballero responsabile del settore della propaganda, Ada è speaker di “Radio Libertà” di Barcellona, e così la sua voce entra nelle case degli italiani, la moglie è crocerossina, i due figli lavorano da telegrafisti al fronte. Durante lo scontro bellico, Cesare ha modo di vedere da vicino il discutibile modo di far politica dei comunisti stalinisti ed aderisce quindi all’anarchismo, e ciò non solo per quanto è accaduto a Camillo Berneri e B. Durruti. Occupata intanto Barcellona dai falangisti, i Grossi cercano scampo in Francia, e dopo diverse peripezie finiscono nel campo di concentramento di Argelès-sur-mer, mentre Ada, sposatasi con un giovane medico anarchico, resta in Spagna a combattere il franchismo. Rientrati separatamente in Italia, sono condotti prigionieri da Mentone al carcere di Poggioreale a Napoli; Maria e Aurelio finiscono nel confino di Melfi, Carmine è spedito a Ventotene dove si ritrova con il compagno Giuseppe Sallustro conosciuto al tempo della guerra spagnola, mentre il potere si accanisce sul malconcio Renato, trasferito nell’Ospedale psichiatrico provinciale della città, verso il quale s’indirizzano i classici metodi di repressione. E infatti pienamente acquisito che il manicomio rimane il luogo ideale del potere borghese per eliminare i “sovversivi” di ogni tendenza, molto prima che Foucault mettesse in luce la capacità distruttrice e disumanizzante della scienza medica.
A tal proposito, la madre scrive al ministro dell’Interno una lettera emblematica per il quadro di violenza che dà della situazione italiana del tempo. Ella ricorda che il figlio “non potrà mai guarire se lo si lasci per più lungo tempo con alienati, inattivo intellettualmente e completamente isolato dal consorzio civile e dall’ambiente familiare, essendo prescritto come unico rimedio in tali casi (e com’è stato riconfermato dalla esperienza medico-psichiatrica e illustrato in congressi, quale l’ultimo tenuto a Bruxelles) che l’infermo […] reintegrato al suo ambiente familiare abituale, riprenda le sue abitudini e i suoi studi e attività”l8.
Alla disumanità indotta dalla shock-terapia di Sakel insieme alla violenza messa in atto dal fascismo a tutti i livelli della società risalta inequivocabilmente che l’obiettivo di una giustizia umana di una parte definita dell’area antifascista è l’utopia che il totalitarismo mussoliniano non potrà mai accettare così che il destino di Renato è ormai maniera irreversibile, Alla caduta del fascismo, Ada si troverà in Spagna dove vivrà per quarant’anni con il marito, Cesare sarà liberato alla fine dell’agosto 1943 e ritroverà a Melfi la moglie e il figlio Aurelio, mentre l’altro figlio Renato sarà l’irrecuperabile prigioniero delle istituzioni totali, In definitiva, il tutto è stato vissuto dalla famiglia Grossi nella completa consapevolezza del proprio impegno e nel rispetto delle singole individualità, come ci tiene a sottolineare Maria, ed altrettanto normale è per la famiglia superstite il rientro nell’anonimato all’indomani della conquista della democrazia nel nostro Paese.
Come ho detto prima, è il mondo dell’opposizione femminile a rappresentare un’interessante quanto originale novità della ricerca di Aragno. Ma cosa vuol dire, in sostanza, antifascismo al femminile? È qualcosa d’altro, anzi di più del rapporto classe-sindacato o classe-partito vissuto dai militanti di base e quel di più richiama all’autonomia della donna come “soggetto politico”, la cui esistenza conduce all’origine di tutti i: movimenti di emancipazione e di liberazione come ha dimostrato la storia del secolo appena trascorso. Sono questi i caratteri che accomunano figure indimenticabili e tanto diverse nelle loro provenienze culturali quanto nelle singole storie di vita come Maria Olandese, Maria Berardi, Adele Bennoli, Clotilde Peani, Emilia Buonacosa, Ada Grossi e tante altre: insomma intellettuali, operaie, semplici donne di casa, “compagne di vita”, tutte però unite dall’odio al regime e dall’insopprimibile desiderio di eguaglianza tra le classi e i sessi.

Il “lungo viaggio” di Giuseppe Aragno attraverso l’antifascismo popolare napoletano si conclude con l’estate 1943, che trova il suo culmine nelle “Quattro giornate”, la “prima grande insurrezione urbana antifascista d‟Italia e d’Europa” (Cortesi), che rappresentano la cartina di tornasole della città che diventerà il “laboratorio politico” del secondo Novecento”.
Su questo nodo cruciale della storia della Resistenza del nostro paese si è aperta una violenta, talvolta scolastica, querelle politica già all’indomani delle “giornate” di settembre, polarizzata sull’interrogativo: fu, quella rivolta, organizzata oppure semplice frutto della spontaneità?
A questo punto, dobbiamo richiamarci allo stato della ricerca sulla Napoli dei “quarantacinque giorni” per un inquadramento d‟insieme della questione che ci sta a cuore. L’estate 1943 fu senza dubbio per i napoletani il più terribile e sofferto tra gli anni della Seconda guerra mondiale, sia per la crisi economico-alimentare, che attanaglia la città, che per i quotidiani bombardamenti, che fanno strage tra i civili. Se nelle campagne meridionali di quei mesi si assiste a scontri ed occupazioni d‟ogni genere, altrettanto dura è in ambito metropolitano la risposta operaia con mobilitazioni e scioperi nelle maggiori fabbriche già a partire dalla primavera; è il caso, tra le altre, della Navalmeccanica, della Miani e Silvestri. Dopo 1’8 settembre, la città è abbandonata a se stessa per l’incapacità dei responsabili delle istituzioni, dal prefetto Soprano al podestà Solimena al questore Lauricella al provveditore agli studi: ragion per cui tutta la classe dirigente fascista sarà accusata pubblicamente, all’indomani della cacciata della Wermacht, di aver favorito le stragi naziste del “settembre nero” dal direttore del “Roma”, il vecchio liberaldemocratico Emilio Scaglione.
Alla base della sommossa dobbiamo intanto mettere il comportamento del colonnello Walter Scholl, che aveva decretato lo stato d’assedio il 12 settembre, ed ancora più inaccettabile quello sul lavoro obbligatorio per i giovani delle classi dal 1910 al 1925.
Se poi si passa ad analizzare il fronte dei partigiani combattenti durante le “giornate”, si deve sottolineare a fianco del numeroso popolo metropolitano (professionisti, impiegati, commercianti, operai, disoccupati, studenti, sottoproletari, casalinghe, ragazzi di strada o “scugnizzi” ecc.) un consistente nucleo di rappresentanti delle forze armate (qualche alto ufficiale, vari ufficiali inferiori, sottufficiali, moltissimi soldati semplici) che fungeranno perlopiù da organizzatori delle azioni, mentre per ovvi motivi politici è da rimarcare la completa assenza dei partiti che soltanto dopo il 25 luglio si erano messi in movimento. Altrettanto vasto e variegato si presenta il settore della sinistra, per quanto riguarda la composizione del fronte di lotta antifascista, e in esso è l’area comunista che merita una particolare attenzione analitica, visto che dall’area staliniano-togliattiana sono venute le letture “patriottiche” più definite della rivolta. Tra i militanti comunisti però risulta egemone la frazione internazionalista, di base potremmo dire di ascendenza bordighiana, irriducibile antagonista della linea “centrista” di Togliatti che avrebbe portato alla formazione del “partito nuovo” dell’anno seguente. È la stessa componente che realizzerà di lì a qualche settimana la “scissione di Montesanto” e la relativa nascita ad opera della frazione bordighiano troskista della seconda Federazione napoletana del Pci. Degna di rilievo risulta non di meno la componente troskista rappresentata dai fratelli Ennio e Libero Villone, ed ancor più consistente di quanto si voglia di solito riconoscere dai “compagni di strada” del Pci si presenta il movimento anarchico, sul cui ruolo proprio il lavoro di Aragno e il recente Dizionario biografico degli anarchici italiani della Biblioteca “Franco Serantini” hanno dato un contributo fondamentale. Come è facilmente immaginabile, se di certo più conosciute e storicizzate risultano l’area liberale formatasi intorno a Croce così come anche la liberalsocialista basti ricordare il nome di Pasquale Schiano, infaticabile organizzatore di iniziative politiche negli anni della crisi del fascismo – tutta da analizzare invece è ancora, tranne qualche leader, quella cattolica, che dinanzi alla violenza nazifascista scelse la via delle armi. Com’è noto, con il Sessantotto prende avvio una riconsiderazione critica della Resistenza così che il nuovo paradigma storiografico (Guido Quazza, Luigi Cortesi) segna – per lo specifico napoletano – il superamento della visione “nazional-popolare” con la quale la sinistra comunista aveva guardato alle Quattro giornate.
Di questa tendenza la migliore narrazione resta senz’altro il fortunato libro di Aldo De Jaco, La città insorge: le quattro giornate di Napoli, uscito nel 1956 e arrivato alla quarta edizione, tutto poggiato com’è sull’esaltazione della rivolta del “popolo” metropolitano in risposta alla violenza intollerabile dei tedeschi19. Particolare risalto è poi riservato alla partecipazione degli “scugnizzi” negli scontri dei quartieri in rivolta divenuti per ciò i protagonisti del patriottismo di una intera comunità, insistendo eccessivamente sull’aspetto prepolitico delle loro azioni! Sarà comunque, questa, la lettura più diffusa e accettata nel clima politico del dopoguerra, che porta difilato alla mitizzazione di quelle “giornate”. Con l’utilizzo dello stereotipo storico-antropologico dell’homo neapolitanus, impasto di anarchia e ribellismo atavici, si trascura di guardare al diffondersi nel Mezzogiorno, nel corso dei duri mesi estivi di una “coscienza pubblica” che rinnega la scelta bellica del fascismo, di cui vede finalmente come in un nitido specchio il volto di classe e la repressione che l’accompagna.
“L’antifascismo del ventennio – ha scritto Guido Quazza – non crea la ribellione: questa quale moto di popolo nasce da un soprassalto della coscienza delle masse, e non dalla lezione dei politici”20. Anche per Napoli questa considerazione è indiscutibilmente fondata. Per la prima volta infatti la città conosce, oltre l’antifascismo operaio e quello morale à la Croce, l’antifascismo popolare, meglio la Resistenza armata, che coinvolge in uno stesso fronte migliaia di cittadini, studenti, soldati, proletari e non, giovani (quelli che per un vezzo folclorico duro a morire si vorrà ad ogni costo chiamare “scugnizzi”, mitizzati dall’immagine fotografica di Robert Capa).
Dal riorientamento degli anni Sessanta e Settanta verrà invece: l’analisi sulla spontaneità collettiva delle masse urbane di quelle ‘‘giornate”, elemento di certo non alternativo – come sostenevano in modo apodittico gli studiosi legati al Pci – all’organizzazione del partito, considerata l‟unica strada vincente della rivoluzione; ed altrettanto adeguato rilievo si sarebbe riservato alle forme di autonomia della classe operaia che avevano condotto agli scioperi della primavera. Con tali premesse si superavano giudizi correnti e luoghi comuni sulle Quattro giornate viste come classica jacquerie urbana, giudizio che univa sullo stesso fronte (strani scherzi dello storicismo assoluto!) personaggi tanto diversi come Benedetto Croce e Palmiro Togliatti2l.
Valgono più che mai al riguardo le riflessioni metodologiche che in quel periodo avanzava Luigi Cortesi: “Lo studio di Napoli e della Campania negli anni della seconda guerra mondiale consente appunto di far giustizia della tentazione di relegare la regione ad un ruolo soltanto passivo o frenante, ad una estraneità alle tensioni e alle scelte degli anni dell’esperienza fascista, della lotta antifascista e della ricostruzione, passività ed estraneità che corrisponderebbero fatalmente alla generale arretratezza delle strutture economiche e dei rapporti sociali. Esistono tutti gli elementi che possono indurre a considerare la lotta politica e civile che allora si svolse in Campania non come un capitolo atipico della storia nazionale, o come serie di effimeri fuochi di paglia rispetto all’incendio della “vera” Resistenza e della “vera” Liberazione, ma come parte organica del fatto storico complessivo, nel quale ciascuna città o regione –  Roma e Milano non meno che Napoli, l’Emilia o il Veneto non meno che la Campania – apportò proprie peculiarità e propri livelli di partecipazione”22. Da qui, di conseguenza, l’evento-Quattro giornate era considerato un momento significativo della Resistenza napoletana oltre che elemento di non minore importanza per la nascita della Repubblica democratica italiana, e come tale deve essere studiato, sia cioè dal punto di vista del “politico” sia da quello delle strutture socioeconomiche, sia focalizzandosi sulla vita quotidiana di una metropoli esposta ai rischi di una guerra totale, sia badando ai comportamenti della forza lavoro nelle fabbriche, sia esaminando infine l’immaginario di una comunità che combatté fino alla morte per un “mondo nuovo” …
Ho già detto in altra sede che la Napoli dell’autunno del 1943 non è altro che il capitolo centrale dell’antifascismo popolare meridionale, la cui ribellione rinvia direttamente agli scontri e ai morti di Ponticelli, di Orta d’Atella, ed ancora a quelli di Giugliano, Mugnano, Acerra, Matera, Lanciano e di tante altre località in una soluzione senza fine23. Ed aggiungevo inoltre che le Quattro giornate non potevano essere più lette come “un fatto a sé”, in conformità cioè al tradizionale “paradigma della Resistenza del Nord”, dal momento che esse facevano parte con le proprie specificità e caratteri del “lungo periodo” della storia dell‟antifascismo napoletano, ed i risultati di Antifascismo popolare di Aragno stanno ora a confermarlo.
Habent sua fata libelli dicevano gli antichi dei libri che portavano nuove conoscenze alimentando nei lettori la riflessione e gl’interessi sul proprio tempo. Lo stesso si può ripetere ora per il libro di Aragno così attuale e al tempo stesso così controcorrente. Realizzata con controllato rigore filologico unito alla sensibilità politica dell’Autore per i problemi contemporanei, l’opera sconta però l’imperdonabile mancanza dell’indice dei nomi, strumento insostituibile d’orientamento nella selva dei tantissimi “volti” e “storie” che la stessa ricerca ha il merito di recuperare. Nell’epoca dell‟”eterno presente” come gli storici sono soliti definire il mondo postmoderno in cui viviamo, l’Autore ha voluto; scommettere sulla memoria e lo ha fatto con la guida di uno grandi filosofi del Novecento scomparso qualche anno fa, Paul Ricoeur. Questi per una vita intera si è interrogato sul rapporto memoria-oblio alla base della storia, focalizzando l’analisi sull’evento del nostro tempo il totalitarismo fascista, lasciandoci un libro riconosciuto ormai come un classico, La memoria, la storia, l’oblio24. Con la dialettica passato-presente siamo tornati di nuovo al partigiano Marc Bloch dell’apertura. Dinanzi agli “estremi” del XX secolo (totalitarismi, due guerre mondiali, i genocidi di popoli, Shoah ecc), il filosofo francese non riconosce legittimità al “dovere della memoria” come si è fatto negli ultimi tempi da parte degli Stati europei nello stabilire per legge giornate a ricordo di qualche evento speciale – e così che l’Italia ha scelto il 27 gennaio quale giornata della memoria delle vittime dei Lager nazisti. Anzi per nulla ossessionato dalla memoria – di cui invece la maggior parte degli’ studiosi esalta l’esclusività epistemologica – egli rivendica di per contro il “dovere storico” per analizzare i fatti del recente passato sollecitando – in risposta alla visione revisionistica del “nuovo antisemitismo” nazifascista – un rigoroso lavoro storico all’altezza degli interrogativi del nostro presente …
Da oggi in poi si può dire con soddisfatta sicurezza che il mondo dell’antifascismo popolare napoletano si presenta molto più conosciuto e meglio indagato, tanto nelle idee che nelle azioni dei suoi protagonisti, e quest’acquisizione di conoscenze la si deve in modo particolare all’intenso e partecipe saggio di Aragno. Infine voglio soltanto augurarmi che il “lungo viaggio” di quelle donne e di quegli uomini per l’affermazione di una reale democrazia ci accompagni ancora a lungo.

NOTE

1. Giuseppe Aragno, Antifascismo popolare. I volti e le storie. Roma, 2009.
2. Marc Bloch, Apologia della storia o Mestiere di storico, con uno scritto di Luciene Febvre, a cura di Gilmo Arnaldi, traduzione italiana, Torino. 1969, p. 54.
3 Convinto assertore del presente come storia, Danilo Montaldi (1929-1975) ha studiato un originale metodo di ricerca, tra il sociologico e lo storico, la società italiana negli anni dello sviluppo capitalistico, polarizzandosi sulla vita quotidiana e le forme di lotta politica delle classi operaie e subalterne. Restano fondamentali i saggi Autobiografie della leggera (Torino, 1961), Militanti politici di base, (Torino, 1971), Saggio sulla politica comunista in Italia (1919-1970), (Piacenza, 1976). Per un inquadramento della sua opera e del suo pensiero, vedi Luigi Parente (a cura di), Danilo Montaldi e la cultura di sinistra del secondo dopoguerra, Atti del Convegno, Napoli 16 dicembre 1996, Napoli, 1996.
4 Sergio Luzzatto, La crisi dell’antifascismo, Torino, 2004. Ibidem, p. 8.
5 Ibidem.
6 Ibidem.
7 Citato in Luigi Parente, Oltre le banchine di Auschwitz. Coscienza pubblica e storiografia nella Germania d’oggi in Orizzonte Europa, “Bollettino dell’Istituto campano per la storia della Resistenza”, 1990, n- XII, p, 20.
8 Marc Lazar, L’Italia sul filo del rasoio. La democrazia nel paese di Berlusconi, traduzione italiana Milano, 2009.
9 Secondo Alberto Asor Rosa, “Il terzo (sic) governo Berlusconi rappresenta il punto più basso nella storia d’Italia. Più del fascismo? Inclino a pensarlo”, “il manifesto”, 4 giugno 2008. Questo giudizio è stato successivamente analizzato all’interno della crisi della cultura italiana contemporanea ne Il grande silenzio, la lunga intervista sugli intellettuali raccolta da Simonetta Fiori (Roma-Bari, 2009).
10 Mi riferisco, in particolare, al volume Fascismo. Storia e interpretazione, Roma-Bari, 2002, il cui punto d’analisi è appunto la boutade negazionista citata.
11 Gloria Chianese (a cura di), Fascismo e lavoro a Napoli. Sindacato corporativo e antifascismo popolare (1930·1943), Roma, 2006.
12 Sergio Muzzupappa e Alessandro Hobel (a cura di), Fascismo e antifascismo a Napoli (1922-1952). Sette lezioni, Napoli, 2005.
13 Guido Quazza, Resistenza e storia d’Italia. Problemi e ipotesi di ricerca, Milano, 1997; Luigi Cortesi, Introduzione a Luigi Cortesi, Giovanna Percopo, Sergio Riccio, Patrizia Solvetti (a cura di), La Campania dal fascismo alla Repubblica. Società politica cultura, Regione Campania, I, 1977, ora in Id., Nascita di una democrazia. Guerra fascismo, Resistenza e oltre, Roma, 2004, pp. 175·243. Una sintesi della storiografia della Resistenza è il saggio Santo Peli, La Resistenza in Italia. Storia e critica, Torino, 2004.
14 Sulla questione Bordiga, nell’ambito del marxismo del XX secolo, una attenta analisi è venuta da Luigi Cortesi (a cura di), Amadeo Bordiga nella storia del comunismo, Napoli, 1999. Altri dati, circa la lotta politica nella Napoli post-prima guerra mondiale e il ruolo di Bordiga nella fondazione del Pcdi, in Id., Il comunismo tra fascismo e Resistenza, in Fascismo e antifascismo a Napoli (1922-1952), cit., p. 34 e ss.
15 L‟introvabile pamphlet di Corrado Barbagallo, Napoli contro il terrore nazista . (8 settembre-1° ottobre 1943), uscito nell’inverno del 1943, è stato di recente ripubblicato a cura di Sergio Muzzupappa, pref. di Luigi Parente, Napoli, 2004. Esponente interessante, oltre che prolifico, della storiografia economico-giuridica del XX secolo, Corrado Barbagallo è noto per essere stato tra i primi divulgatori del marxismo in Italia con Il materialismo storico (Milano, 1916), e per avere fondato e diretto insieme ad Antonio Anzilotti dal 1917 la “Nuova rivista storica”.
16 La questione è analizzata in dettaglio da Giuseppe Aragno, op. cit. p. 69 e ss.
17 I limiti dell’impostazione storiografica di Aldo Romano, che si può definire propriamente democratico-togliattiana, furono individuati, già alla comparsa della sua Storia del movimento socialista in Italia, dallo storico del Risorgimento Walter Maturi, che si rifaceva agli studi recenti di Leo Valiani sul socialismo europeo e di Franco Venturi sul populismo russo (Walter Maturi, Interpretazioni del Risorgimento, Lezioni di storia della storiografia. Pref. di Ernesto Sestan, Torino. 1962. pp. 634-38). Su quelle basi, la tesi del Romano è stata riproposta negli anni Settanta sul piano filologico da Alfonso Scirocco, Democrazia e socialismo a Napoli dopo l’Unità 1860-1878, Napoli, 1973, che ha individuato la teoria rivoluzionaria di Bakunin all’origine della crisi della democrazia mazziniana napoletana, servendosi in particolare dei fondamentali risultati degli storici anarchici Arthur Lehing e Pier Carlo Masini.
18 Giuseppe Aragno, op. cit., pp. 36-7.
19 Aldo De Jaco, La città insorge. Le quattro giornate di Napoli, Roma, 1956. Alla situazione politica e sociale delle città e delle campagne del Mezzogiorno nell’ “anno mirabile” l‟Istituto campano per la storia della Resistenza di Napoli ha dedicato l’importante Convegno del settembre 1995, i cui atti sono stati pubblicati con il titolo Mezzogiorno 1943. La scelta, la: lotta, la speranza, a cura di Gloria Chianese, Napoli, 1996. Per la questione delle stragi naziste di quegli anni vedi, ora, Gabriella Gribaudi (a cura di), Terra bruciata. Le stragi naziste sul fronte meridionale, Napoli, 2003.
20 Guido Quazza, op. cit., p. 128.
21 Luigi Parente, Due o tre considerazioni sulle Quattro giornate, in Gloria Chianese, op. cit., p. 369. Allo stesso stereotipo è rimasto legato anche Claudio Pavone nell’eccellente volume frutto di una vita, Una guerra civile. Saggio sulla moralità della Resistenza, Torino, 1991.
22 Luigi Cortesi, Nascita di una democrazia, cit., p. 176.
23 Luigi Parente, Due o tre considerazioni sulle Quattro giornate, cit., p. 368.
24 Vedi in particolare Paul Ricoeur, La memoria, la storia, l’oblio, trad, it., Milan.

Luigi Parente, in Giornale di Storia Contemporanea,  n. 2 dic 2010

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Bottega Scriptamanent
Mensile di dibattito culturale e recensioni

Direttore responsabile: Fulvio Mazza
Direttore editoriale: Graziana Pecora
Anno VII, n. 65, gennaio 2013

Repressione fascista e resistenza al Duce. I danni della scienza usata a scopi politici . “Pazzia indotta” vs “ragion di stato”: da Bastogi editore, otto storie di vite annientate dalla psichiatria di regime
Federica Lento

Quando la Storia assume quasi i caratteri del romanzo, pur non essendo purtroppo invenzione; quando il sacrificio di vite umane diviene racconto, messo nero su bianco e reso disponibile ai lettori, non si può fare a meno di riflettere su una pagina triste del nostro passato.
Durante la Repressione fascista molti uomini, donne, ragazzini decisero di non abbassare la testa, di continuare a lottare per la propria libertà e per le proprie convinzioni, nonostante l’incombente minaccia di privazioni e addirittura di morte. Non si trattava solo di privazioni materiali e di mancanza di libertà ma di perdita della vita, brutale o graduale, giorno dopo giorno, quando spesso accadeva di essere rinchiusi nei manicomi perché le proprie idee non erano affini a quelle del regime.
Giuseppe Aragno, storico napoletano scrittore di numerosi testi sulla lotta antifascista rivoluzionaria e sul movimento operaio, ha recentemente pubblicato il saggio Antifascismo e potere. Storia di storie (Bastogi editore, pp. 154, € 15,00), in cui la cornice della Storia durante il periodo fascista non può escludere gli otto racconti privati dei singoli che della Repressione sono stati vittime lucidamente e coraggiosamente consapevoli.

La psichiatria: strumento di repressione politica
Le vicende raccontate sono storie di reclusione presso manicomi di persone non malate ma considerate pericolose agli occhi del regime, per le proprie idee antifasciste; dei “folli” che non possono camminare liberi per strada ma devono essere segregati, censurati, stretti da una camicia di forza che non blocca solo i movimenti ma anche i pensieri. Un utilizzo dunque politico della psichiatria. Tra le varie storie c’è quella di una donna, Clotilde Peani figlia della “Italia liberale” di Depretis e Crispi. Torinese e ben lontana dal cliché di sartina pallida e buona madre e moglie, frequenta già da adolescente i circoli socialisti, tacciata subito dalle autorità di essere una donna “audace e pericolosa”. La sua vita di militante e attivista è condannata dal sistema repressivo fascista. Clotilde sarà epurata come “schizofrenica”, così come tanti altri suoi compagni, improvvisamente ritenuti “mentalmente instabili”, quindi rinchiusa a vita in manicomio; morirà nel 1942 nell’Ospedale psichiatrico di Napoli.
C’è poi la storia di Nicola Patriarca, beffato da ben due “ragioni di stato”, quella russa prima, quella italiana poi. Nato infatti a Voronež, non distante dal confine ucraino, Kolia (così come sua moglie Varia ama soprannominarlo) è fedele al Partito comunista sovietico, ma viene “eliminato” dal governo staliniano nel 1937 semplicemente per la sua “nazionalità inaffidabile”. Rifugiatosi a Napoli, ben presto i suoi ideali gli causano l’internamento da parte delle camicie nere al confino di San Costantino Calabro. Straziante la sua corrispondenza epistolare con la moglie e con il figlio, che trasmette tutta l’umanità e la sofferenza di un uomo incompreso e punito due volte per il proprio credo. Arrestato nel 1939, si perdono le sue notizie nel 1941, proprio a pochi mesi dalla fine della sua pena, arrivata grazie all’insperata amnistia sovietica.
Ancora, c’è la vicenda di un giovane, Umberto Vanguardia, che da adolescente forse inconsapevole, forte dei propri ideali contro il regime da urlare giustizia già tra i banchi di scuola del ginnasio, viene internato ancora una volta per la sua “utopia”. E poi le storie di Luigi Maresca, Emilia Buonacasa, Pasquale Ilaria, Giovanni Bergamasco e l’intera famiglia Grossi, tutte accomunate dallo stesso triste finale, quello dell’internamento.
Nel raccontarle, Aragno non si accontenta di mettere sotto accusa l’apparato repressivo totalitario della dittatura mussoliniana, ma insiste sui meccanismi di un’Italia liberale prefascista, che aveva concepito e costruito i rudimenti del sistema di controllo e repressione, usati prontamente poi in epoca fascista. Protagonisti delle biografie presentate sono attivisti delle forze minori, ma che appaiono al contrario rappresentativi di una vicenda di dimensione nazionale e internazionale, delle classi subalterne, che rompono gli schemi consolidati.

Lo scontro tra “ragion di stato” e utopia antiregime
Quello che emerge dalle vicende raccontate da Aragno è una riflessione sulla dicotomia tra la “ragion di stato” – quella che Benedetto Croce descriveva come la «legge motrice» di un paese e che assume nella realtà l’ideologia di un regime come rinuncia al singolo in nome degli interessi dei gruppi dominanti – e l’utopia antifascista, uno scontro tra «l’eccesso di realismo», come lo definisce l’autore, e l’eccesso di speranza. Non a caso l’utopia rasenta il limite sottilissimo della pazzia che, in questo saggio, è pazzia indotta, pazzia inventata, giustificazione o alibi a dei moti e ideali da reprimere e controllare. L’isolamento, la paura, la scelta di opporsi comunque e resistere in un libro che tiene assieme il rigore della ricerca scientifica e i ritmi e le parole della narrazione, un “romanzo storico” che, partendo dalla varietà di situazioni, aspirazioni, relazioni e intenti, si focalizza sui volti, le voci, le vicende umane e politiche di una militanza sofferta.

(www.bottegascriptamanent.it, anno VII, n. 65, gennaio 2013)

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Il Manifesto, 16 gennaio 2013

Memoria- «Antifascismo e potere. Storia di storie» di Giuseppe Aragno
Frammenti ribelli all’ordine costituito
Piero Bevilacqua

Gli studi di storia del movimento operaio, che in Italia hanno conosciuto una fase di effervescenza nei primi decenni dopo la seconda guerra mondiale, sono da gran tempo trascurati dagli studiosi dell’età contemporanea. Il lavoro e la lotta di classe non sono alla moda, appaiono estranei e stridenti con lo spirito del tempo, e gli studiosi italiani, per lunga tradizione, si guardano bene dall’urtare il perbenismo dominante nella nostra accademia. Solo da alcuni anni sono ripresi gli studi di storia del sindacato, che segnalano una rinnovata attenzione a quello che è senza dubbio un carattere saliente della storia politica italiana nel XX secolo.
La presenza di un grande sindacato di classe come la Cgil, e talora un ruolo incisivo delle formazioni minori, accompagna originalmente la vita e l’evoluzione dei ceti popolari nel corso del secolo. Ma la storia del sindacato non è la storia del lavoro e dei lavoratori, anche se la riguarda molto da vicino e la coinvolge. La classe operaia, come corpo sociale e i movimenti popolari non hanno conosciuto l’ampiezza degli studi riservati dagli storici italiani ai contadini e alle loro lotte. E oggi men che mai tornano ad attrarre l’attenzione degli storici. Perciò appare come uscito da un età remota il recente saggio di Giuseppe Aragno, Antifascismo e potere. Storia di storie, Bastogi Editrice Italiana, pp. 145, euro 15). Per la verità Aragno aveva già pubblicato per Manifesto-Libri Antifascismo popolare. I volti e le storie (2009). Ora continua in quel filone di studi che riprende la tradizionale storia del movimento operaio, esaminata non quale fenomeno collettivo – sempre presente come sfondo storico – ma sotto forma di vicende biografiche, storie individuali, avventure politiche ed esistenziali dei singoli. E, per quest’ultimo aspetto, va anche rilevato che i personaggi ricostruiti nel loro percorso non sono i grandi leader, non portano nomi illustri, ma sono protagonisti oscuri o semiuscuri che hanno dedicato la loro vita alla lotta politica, pagando un caro prezzo personale. Sfilano in questo testo, preceduti da una nota di inquadramento storico, le vicende di uomini e donne irregolari, trasgressivi, che lo Stato liberale e quello fascista spesso bollano come pazzi, reietti, violenti eversori dell’ordine costituito. Referti che Aragno registra con particolare soddisfazione, perché il suo impegno di storico è tutto mirato a portare alla luce personaggi che sin nella loro esperienza esistenziale appaiono come antisistema, fuori e contro ogni ordine costituito.
Esemplare sotto questo profilo è la storia di Emilia Buonacosa d’ignoti, trovatella di Pagani, nel salernitano, che diventa organizzatrice sindacale a Nocera Inferiore nei primi decenni del Novecento e poi entra nel giro europeo degli esuli antifascisti. Ma nel testo troviamo anche le vicende di personaggi meno oscuri, come quella di Luigi Maresca, partigiano durante le Quattro giornate di Napoli, che ha un profilo intellettuale e politico più evidente e maturo. Le storie iniziano con la vicenda di una donna, Clotilde Peani, anarchica, nata a Torino, che finisce i suoi giorni a Napoli dopo anni di persecuzione fascista, e proseguono con la vicenda di altri sette personaggi.
Di queste storie non si può dar conto se non in maniera frammentaria, per suggerire un’idea del materiale che il lettore trova nel libro. Certamente val la pena ricordare la vicenda di Kolia (Nicola) Patriarca, un italo-russo che, come ricorda l’autore «vede la sua vita, i suoi affetti e la sua famiglia colpiti dalla furia ideologica di due dittature». Patriarca, infatti, comunista, è costretto ad espatriare dall’Urss, dove infuria la repressione staliniana, e a rifugiarsi in Italia. Qui è accolto di buon grado dalle autorità del regime, che possono utilizzare la sua posizione in funzione antisovietica. Ma Patriarca ha alle spalle una storia di condivisione della rivoluzione sovietica e non lo nasconde. Viene perciò denunciato dalla polizia, nel 1938, «come persona pericolosa per gli ordinamenti sociali e politici» dell ‘Italia. Finisce al confino a San Costantino Calabro.
Le storie ricostruite da Aragno hanno il sapore di una giustizia postuma resa a personaggi travolti dalla storia e poi e dall’oblio, talora politicamente intenzionale, di chi è venuto dopo. Vi si osserva evidente una determinata volontà di risarcimento della memoria. È una operazione moralmente e storiograficamente degna, che merita plauso. Credo, tuttavia, che la qualità storiografica dell’operazione sia alterata dal linguaggio che l’autore ha scelto per narrare queste storie. Appare evidente un eccesso di partecipazione ideologica di Aragno alla vicenda dei suoi eroi. Sicché le parole dei protagonisti, i loro punti di vista, le loro recriminazioni, il loro intero mondo vissuto di persecuzione e di lotta, diventano il materiale diretto della narrazione storica, con poco filtro emotivo e la misura che sarebbe stata necessaria.

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La recensione di Salvatore Prinzi uscita poi su “Storia e Futuro”, n. 31 – marzo 2013, non è qui per far pubblicità all’autore.  Chiede spazio per replicare alle incredibili ragioni con cui il giornaledistoria.net l’ha censurata. Un caso “esemplare”, che mostra fin dove siano giunti il controllo autoritario sulla ricerca e la spudorata rivalutazione del Fascismo. Ecco il breve testo della rivista:

Di seguito le considerazioni su alcuni brani estratti dalla recensione. Quando si parla di “esclusione dei cittadini dalla vita politica e culturale” aggiungendo che  “in quest’ottica il consenso mussoliniano si rivela basato sull’estorsione e la minaccia” e che “dunque non è altro che una parvenza, una conseguenza dell’oppressione” (pp.1/2) si fa un’affermazione ormai da molti anni superata (già da De Felice fino ad Emilio Gentile ed altri): le cose sembrano in realtà, soprattutto sulla base anche di una più attenta valutazione dei documenti disponibili, molto diverse. Il fascismo è stato soprattutto un regime inclusivo e questo non deve essere confuso con la forza di un presunto e da molti invocato ed enfatizzato “totalitarismo” o con l’azione della miriade di enti e simili (ONMI, OND, GIL e via dicendo). Appare poi sinceramente fuori luogo il fatto di insistere su un fantomatico “revisionismo imperante” (tra l’altro non è chiaro a cosa l’A. si riferisca). Certamente negli ultimi anni si sono dette cose nuove, ad esempio sulla cultura e sul rapporto con gli intellettuali, sulle “modernità fasciste” e si è riflettuto molto sulle evidenti aporie del regime fascista. Ma questo non ha nulla a che vedere con un “revisionismo” inteso nell’accezione negativa del termine che l’A. usa. Quanto alla “resistenza insorgente dai tanti militanti oscuri” anche in questo caso sono stati fatti passi avanti studiando le diverse componenti (cattolica e comunista in primis) ma rimane anche il fatto incontestabile (alla luce anche e soprattutto di documenti recenti) di una non trascurabile zona di “consenso” nei confronti e del regime e di Mussolini”.

La nota, rigorosamente anonima, è, nel suo genere, un vero capolavoro. Cosa significhi dittatura “inclusiva” è un mistero glorioso.  Sul piano linguistico, prima ancora che storiografico, la parola “consenso”, riferita a una dittatura, è un nonsenso. A sostegno della censura l’anonimo referee cita Renzo De Felice ed Emilio Gentile. Un maestro, il suo allievo e una “scuola”. La logica, quindi, è quella del pensiero unico, della verità per fede – ipse dixit – e fa venire in mente il celebre dialogo tra filosofi, quando l’anatomista dimostra il ruolo centrale del cervello rispetto al cuore nel sistema nervoso e il tomista risponde impassibile: ti crederei, se Aristotele non avesse detto il contrario. Per il censore, c’è una verità acquisita in eterno, che cancella storici del valore di Arfè e Cortesi e ignora il recente lavoro sul “consenso imperfetto” pubblicato due anni fa da Ferdinando Cordova, recentemente scomparso. Eppure, persino De Felice, maldestramente tirato in ballo, sentì il bisogno di chiudere in limiti temporali l’idea di “consenso”: 1929-1936. Storico vero, cedette al fascino dalla personalità del “duce”, ma fu mai così supeficiale da descrivere un ventennio di “dittatura inclusiva”. Da allievo indocile e ripudiato, sono testimone diretto: aveva una prosa noiosa, ma conosceva perfettamente il valore e il significato delle parole che usava. Ora, ecco la bella recensione di Prinzi, che non è priva di acuti spunti critici, per i quali posso solo ringraziarlo.

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Il realismo dell’impossibile di Salvatore Prinzi

Una nota sul libro “Antifascismo e potere. Storia di storie” di Giuseppe Aragno. Piccoli ritratti di sovversivi e dissidenti che combatterono il fascismo.

Antifascismo e potereA osservarla con attenzione, molto da vicino, senza farsi impressionare dai grandi nomi o dalle date memorabili, la Storia pullula di figure singolari. Figure che non sono per nulla ricordate, pur avendo fatto qualcosa di importante; esistenze non comuni, senza essere celebri; persone di un certo spessore umano e morale, e tuttavia esposte come tutte allo sbaglio, allo scoramento, alla stanchezza. Uomini e donne, per dirla con Gaetano Arfè, che non trionfano mai ma che non sono mai vinti. Se la vittoria non vede in prima fila a raccogliere onorificenze, la sconfitta, che pure li avvolge, non li abbatte, e quando pure li afferra non li tiene.

Sono proprio queste figure, eroiche solo in un senso molto sobrio, ad essere al centro dell’ultimo libro di Giuseppe Aragno, Antifascismo e potere. Storia di storie (Bastogi, Foggia 2012). Un libro che tira fuori dall’oblio le vicende di otto antifascisti e le fa rivivere sotto i nostri occhi, mostrandone l’attualità, la clandestina vicinanza al nostro tempo. Un libro in cui la storia stessa si fa presente, è un altro presente. Un libro che, proprio per questo, vale la pena di prendere sul serio.

II. Aragno è uno noto studioso del movimento operaio, autore di numerose pubblicazioni che cercano di ricostruire la complessa storia del lavoro a Napoli e in Campania, e le vicende delle correnti anarchiche, socialiste, comuniste nei primi cento anni della storia d’Italia. Qualche anno fa suscitò parecchio interesse un suo libro, Antifascismo popolare (Manifestolibri, Roma 2009), che raccontava il mondo variegato e per nulla “ortodosso” dell’opposizione al regime di Mussolini. Ora di quel libro esce una sorta di sequel: Antifascismo e potere è infatti una raccolta di piccoli ritratti di sovversivi e dissidenti, principalmente napoletani o in qualche modo legati a Napoli, che combatterono, ciascuno a suo modo, il fascismo. Ma quest’ultimo libro, pur confermando l’impostazione storiografica del lavoro precedente, va oltre, perché intende mettere in questione non solo il potere fascista e le modalità feroci del suo esercizio, ma il potere tout court. Vediamo meglio.

La ricerca di Aragno muove, sin dalle sue prime pubblicazioni, dal lavoro di De Felice, assumendo come problematica quella questione del consenso che è il perno di ogni discorso revisionista. In effetti, dire che Mussolini seppe costruire consenso intorno a sé vuol dire in fondo – siccome lo scopo del politico è proprio quello di creare uno spazio e un sostegno alla sua azione – riconoscerlo come “grande statista”. Cioè come un pacificatore delle tensioni nazionali, come il costruttore e persino il modernizzatore di un’Italia uscita povera e dilaniata dalla Grande Guerra. Il problema di Aragno è appunto quello di mostrare su quale rimozione si sia fondato questo consenso e la sua narrazione: ovvero sull’asportazione, prima materiale e poi anche storiografica, della questione sociale, della vita concreta di milioni di contadini e di operai, così come sull’esclusione dei cittadini dalla vita politica e culturale. In quest’ottica il consenso mussoliniano si rivela basato sull’estorsione e la minaccia, e dunque non è altro che una parvenza, una conseguenza dell’oppressione.

Su questa via, l’impostazione di Aragno finisce però per contrapporsi anche a quell’antifascismo istituzionale che, rimuovendo anch’esso la ragione sociale del regime, sembra incolparlo unicamente della violazione dei “diritti umani” o della negazione dei “principi democratici”. Quasi come se il fascismo fosse una parentesi illiberale in una lunga storia italiana fatta di “regole chiare”, di uguaglianza e di condivisione dello stesso destino, quest’antifascismo di rito – e forse proprio per questo sempre meno sentito – presenta la Resistenza come il compimento del percorso Risorgimentale, come la riscossa nazionale di una libertà senza bandiere né colori contro una dittatura cattiva, ormai sconfitta una volta per tutte…

Sulla scia di storici come Arfè e Luigi Cortesi, Aragno contesta dunque il revisionismo imperante in questi anni ma non cade nella retorica di una Resistenza combattuta solo in nome della patria, di una Resistenza avulsa dal conflitto di classe, diretta dall’alto da integerrimi dirigenti di partito e disinteressatamente sostenuta dagli Alleati. Al contrario: Aragno mostra come ci sia una fortissima continuità fra l’antifascismo – che sorge nel momento stesso in cui nasce il movimento fascista, dato che questo è la sintesi più rigorosa e conseguente dell’attacco che le classi dominanti portavano da decenni contro il proletariato – e la Resistenza, che è sì un moto di liberazione ma anche di sovversione. Un moto che quindi non inizia il 25 luglio o l’8 settembre del 1943, ma attraversa, pur se a fatica e a caro prezzo, tutto il Ventennio. Con il suo approccio “dal basso” Aragno riesce così a mostrare le svariate forme e i diversi intenti che contraddistinguono l’opposizione al regime, mettendo in luce come la Resistenza vittoriosa abbia tratto la sua forza da questa Resistenza insorgente, da questi sacrifici quotidiani, dai tanti militanti oscuri, dai tanti “no” detti a mezza voce, dai rifiuti e dai sospiri di migliaia di reclusi, confinati, bastonati.

III. Proprio per questo, il modo migliore di leggere il libro di Aragno è partire dal suo sottotitolo, Storia di storie. Perché nel sottotitolo c’è già un’impostazione teorica, un certo sguardo. Appare subito, infatti, il motivo che sostiene tutto il testo: l’idea che la Storia sia fatta da una pluralità di voci, di vicende singolari, di percorsi individuali. E che sia il loro incontro, la loro circolazione, tutto questo vorticoso aggregarsi e scomporsi di vite, a mettere capo alla Storia, a quella totalità che sembra sempre investirci e travolgerci, e che si lascia pensare solo sulla taglia del Grande Evento. Il vestito storico, sembra dirci Aragno, è tessuto di fili sottilissimi, ma ogni filo ha il suo spessore, la sua lunghezza, il suo colore, e vale la pena di seguirlo fino in fondo. Ripercorrendo quella vita non tanto e non solo come caso eclatante o come testimonianza privilegiata, e nemmeno come scarto che andrebbe recuperato quasi per pietà, per un senso di giustizia verso chi è stato travolto, ma, più profondamente, come una vita attiva, partecipe e persino protagonista del proprio tempo. In altri termini, per capire davvero la Storia, per dirsela tutta, lo storico si deve mettere al microscopio. D’altra parte il passo fra biografia e biologia è breve: è quello che c’è fra lo scrivere, il disegnare, l’incidere i tratti di una vita, e il comprenderli, il discorrerne, il cercarne i principi.

È questa specifica scienza storica, questa comprensione del particolare per meglio arrivare alla totalità, che ci sembra essere il metodo del libro di Aragno, e anche il suo principale merito. Il lavoro rigoroso sugli archivi, la meticolosa ricerca di fonti, l’osservazione di tutte le tracce che una vita lascia, e la narrazione che mette tutto in sequenza, ci restituiscono il pensiero e l’azione di questi otto personaggi altrimenti destinati a restare ignoti. Perché chi può dire di conoscere le peripezie affascinanti e dolorose degli anarchici e socialisti Clotilde Peani, Umberto Vanguardia, Emilia Buonacosa, Giovanni Bergamasco, perseguitati prima dalla polizia “liberale” e poi da quella fascista per le loro idee di uguaglianza e per il loro impegno sindacale, per la loro voglia di sollevare i lavoratori al livello della decisione politica? Chi può dire di aver già sentito le storie di Kolia Patriarca o di Luigi Maresca, non due militanti senza macchia, ma due persone “normali”, tranquille, con l’unico torto di aver avuto delle idee e di averle manifestate, condannandosi a vagare da un paese all’altro, irrimediabilmente lontani dalle loro famiglie? E ancora, chi può immaginare che al fascismo si potesse opporre, e proprio negli anni del supposto consenso, anche un uomo di destra come Pasquale Ilaria, patriota pluridecorato della Prima Guerra Mondiale, e che il “potente” regime potesse temere anche ragazzi evidentemente spauriti, soli e traumatizzati come Renato Grossi?

Aragno è pienamente cosciente di stare compiendo un’operazione in un certo senso salvifica, di stare cioè resuscitando i morti, i sommersi, come direbbe Primo Levi. Basta prendere questa sua frase: «di ciò che siamo davvero, tutto si perde nel silenzio dei secoli e il tempo nostro “personale” raramente coincide col “tempo collettivo” di cui rimane traccia. Tutto si perde, a meno che storici o artisti non lo ricordino a chi, dopo di noi, farà la sua parte sul palcoscenico che ci vide all’opera» (p. 98). In questo senso Aragno sembra rispondere alle scomode domande di quel famoso lettore operaio di Brecht, che, imbattendosi nella Storia, si chiedeva chi la facesse per davvero: chi ci fosse dietro a Tebe, a Babilonia, a Roma, chi avesse materialmente costruito quei grandiosi monumenti, chi avesse realmente combattuto le guerre, chi fosse, insomma, il regista nascosto dai nomi, sempre troppo altisonanti, degli attori… Invece la storiografia ufficiale – affascinata dai grandi destini, dalle manovre diplomatiche, dagli intrighi di Palazzo – tende “naturalmente” a dimenticare il lavoro, la sofferenza, l’oppressione patite dagli uomini. E a maggior ragione dalle donne.

IV. E qui è di un’estrema importanza che il libro di Aragno riservi tanto spazio alla figura femminile, mettendo in apertura l’anarchica Peani e continuando subito con Varia, la coraggiosa moglie di Patriarca, per descriverci poi l’attività politica instancabile e itinerante dell’operaia Buonacosa, per chiudersi infine con le straordinarie Maria e Ada Grossi. Donne che, per quanto capaci di affrontare le peggiori avversità, non vengono mai riconosciute dai questurini capaci di una volontà indipendente, di una posizione politica. La rappresentazione della donna che emerge infatti dagli archivi delle forze dell’ordine oscilla fra quella dell’eterna tentatrice che «suscita eccitamento tra la folla e con la sua audacia può trascinare i compagni» (p. 11), come riferisce un poliziotto romano a proposito della Peani, e quella “classica” della «donna di facili costumi» (p. 57), come scrive un comandante dei Carabinieri di Salerno a proposito della Buonacosa. Convergono qui il senso comune maschilista, che vuole perduta ogni donna che non sia santa, e quella particolare cattiveria che il servo dello stato esercita contro il militante rivoluzionario. Così sorprende solo fino a un certo punto vedere come questi burocrati si ergano anche a maestri di rettitudine e non disdegnino nelle loro note informative di ragionare sulla «cattiva condotta morale» o sulla «vita irregolare» (p. 10) delle loro vittime. E quando pure gli riconoscono un’opinione politica, questa non è mai il prodotto di un pensiero autonomo, di un percorso individuale che muove dalle ingiustizie subite per arrivare infine alla chiarezza di azione: è sempre su istigazione dell’uomo, per imitazione, per amore, che la donna si impegna – senza che questo paternalismo produca peraltro condanne più miti… Insomma: anche quando si muove, la donna è mossa. Non fatichiamo a credere che sia ancora questo il pensiero di tanti questurini d’oggi.

V. Ed è forse proprio a partire da questo riferimento al presente, da questa continuità di certe logiche coercitive, che possiamo capire fino in fondo il senso del titolo del libro, non meno eloquente del sottotitolo, Antifascismo e potere. Qui appare il collante che tiene insieme queste biografie così diverse fra loro: è la cieca ferocia della “ragion di Stato”, l’assurda razionalità dell’ordine costituito, che impone dall’alto le sue decisioni e sempre si autoassolve.

In effetti, è proprio l’opposizione al potere – di cui il fascismo è solo l’espressione più becera, più violenta, più infame – a essere all’incrocio di traiettorie politiche e umane così diverse. Innanzitutto perché alcune delle figure che Aragno ci presenta conoscono l’allontanamento, il carcere, la persecuzione giudiziaria ben prima del fascismo, sotto il governo di Giolitti, facendoci toccare con mano la continuità delle politiche repressive fra l’Italia “liberale” e quella mussoliniana (ma, si potrebbe dire, anche fra questa e quella repubblicana, vedendo come falliranno subito i processi di defascistizzazione, quale sarà l’esito dell’amnistia, quali i nomi dei giornalisti, dei giudici, dei prefetti e dei questori che saranno riciclati nelle istituzioni “democratiche” appena finita la guerra…). In questo modo Aragno mostra che il fascismo non è solo un determinato regime, sconfitto una volta per tutte, ma una logica di governo del conflitto sociale di lungo periodo, imperniata intorno alla tutela a ogni costo delle classi dominanti e dei loro profitti, al restringimento degli spazi del dissenso, e infine alla guerra (tratti che, ancora una volta, Italia liberale, fascista e repubblicana hanno in comune: basti pensare a come si chiude il cerchio della FIAT, da Giovanni Agnelli a Marchionne passando per Valletta, o all’intervento tricolore in Libia, oggi come un secolo fa).

Su questa linea, altre biografie testimoniano di un’ostilità al potere ovunque esso si manifesti, dalla Francia in cui tanti oppositori al regime si erano rifugiati, alla Spagna verso cui molti esuli, come la famiglia Grossi, si sposteranno per dare il proprio contributo alla lotta contro il fascismo. Un’ostilità al potere che Aragno sembra condividere con i suoi personaggi, anche quando – ed è il caso di Patriarca – si tratta di criticare la stessa Rivoluzione Sovietica, la cui orizzontalità, inclusività, apertura, cambiano definitivamente di segno nell’epoca staliniana, finendo per erigere un altro potere, gerarchico, paranoico, persecutorio.

Da questo punto di vista – ed è un altro motivo di interesse del libro – l’utilizzo di qualsiasi strumento, anche della scienza, per liquidare l’opposizione politica, è il migliore indicatore di come i poteri si assomiglino tutti, di come, per Aragno come per De André, non ci siano poteri buoni. Dall’epoca di Lombroso fino a oggi, sociologia, criminologia, psicologia e infine psichiatria convergono infatti nel produrre un sapere disciplinante, un sapere che autorizzi il controllo della popolazione, la reclusione dei corpi, la loro forzosa separazione dal contesto umano con la pretesa di rieducarli e la volontà di punirli. Senza scomodare Foucault, Aragno ci mostra come ad esempio la psichiatria venisse usata là dove la detenzione comune non poteva arrivare: in mancanza di evidenze per condannare subito un oppositore al carcere, una gigantesca macchina burocratico-amministrativa lo teneva sospeso sulla soglia della colpevolezza per anni, fino a farlo impazzire, o meglio, fino a poter constatare in lui quei segni sufficienti a giudicarlo pazzo, e sbarazzarsene in qualche manicomio. In questo modo non ci si liberava solo di un avversario politico, ma si screditava tutta l’opposizione, la si riduceva all’impossibilità di parlare, esibendola da subito come irrazionale solo perché in contrasto con la razionalità dominante. In effetti un detenuto politico ha delle ragioni, lo si può odiare, biasimare, non condividere, ma ha i suoi motivi, i suoi scopi, che si possono capire. Un fanatico o un pazzo no: sono brutture da cancellare, residui arcaici, devianti che ignorano gli assunti di base del vivere sociale… Qui l’accusa di utopia vale immediatamente come certificato di follia, anche se a distaccarsi un attimo dalla quotidianità appaia evidente come la sola utopia e la sola follia siano quelle che pretendono che nulla cambi mai. Ma allora, se così stanno le cose, non si tratta tanto di capire chi, fra il medico (l’apparato repressivo e disciplinare) e il malato (il rivoluzionario che ha osato sfidarlo e che non ritratta), sia il vero folle: si tratta piuttosto di capire dove passi la linea di demarcazione fra follie condotte in maniera estremamente saggia e cose sagge condotte in maniera estremamente folle, come diceva Montesquieu. Cioè fra il contenuto assurdo dell’ordine dominante, con la sua logica spietata e il suo vestito presentabile, e la ragionevolezza di chi domanda un ordine nuovo, e lo fa sfidando le convenzioni, a rischio del carcere e della morte… A ben vedere i rivoluzionari, giudicati e condannati per la loro condotta nel presente, vengono assolti dalla storia per il buon senso delle loro idee.

VI. In ogni caso, è su questo punto dell’opposizione al potere – di cosa sia il potere e di cosa voglia dire opporvisi – che il libro di Aragno apre davvero la discussione, lasciandoci anche liberi di obiettare o completarne il pensiero. Innanzitutto da un punto di vista storico. Se infatti è certamente decisivo che alle tante esperienze di opposizione al fascismo venga dato finalmente rilievo, se è importante tenere a mente ogni torto subito, è altrettanto fondamentale ricordare che la capacità degli antifascisti, e in particolare di quelli comunisti, è stata la capacità di costruire, nel contesto difficile di una dittatura, reti di contatto e di coordinamento che sono riuscite a sopravvivere alle infiltrazioni e alle retate del regime, che hanno permesso che non si spezzasse, almeno nelle fabbriche e nei quartieri popolari, il filo rosso dell’opposizione. Insomma, dietro e attorno alle vite che Aragno ci presenta, che in ultima istanza sembrano così sole, ci sono invece sindacati, partiti, culture politiche, famiglie, reti amicali, insomma, tutta una vicenda collettiva che bisogna stare attenti a non mettere troppo sullo sfondo. E questo ci porta al problema centrale del testo.

Se infatti uno dei suoi scopi è di far sì che dal passato si traggano degli insegnamenti, c’è indubbiamente un insegnamento che subito balza agli occhi: che è impossibile combattere il potere da soli, che l’attività principale della repressione è proprio quella di dividere, di isolare e semmai marchiare il soggetto, davanti al pubblico e davanti a se stesso, come folle. Molti degli esiti tragici di queste storie fanno cioè pensare che – se il “no” che si pronuncia è sempre una questione privata, è un atto di responsabilità personale, un’invenzione assolutamente singolare – l’unico modo per far durare questo “no” è quello di posizionarlo e stringerlo in una rete collettiva, che lo sostenga nei momenti di difficoltà, che lo renda più forte, in modo da non poter essere facilmente attaccato e distrutto. Ma fare questo non vuol dire appunto creare organizzazione? E l’organizzazione non è anche una forma, per quanto embrionale e relativa, di potere? E d’altronde, che cos’è il potere? È una forza che sta solo dal lato del dominio, pura coercizione, o non è anche e innanzitutto un poter fare, da cui ognuno di noi è investito? E se così è, se cioè il potere trova anche in noi il suo momento iniziale o terminale, mettersi insieme e produrre effetti non vuol dire già contrastare il potere, praticando forme di contropotere? Forme che sappiano ostacolare quella temporalità lunga del potere costituito, quel suo perenne poter aspettare, con una temporalità rivoluzionaria, quella che riesca a mantenere il “no” pronunciato un giorno, a sedimentare le esperienze, a far durare l’insorgenza… D’altra parte, se il libro di Aragno vuole appunto fare presente un’altra storia, oggi non facciamo proprio esperienza dell’assenza radicale di questa organizzazione e di quest’altro potere? Dai singoli militanti alle piazze “indignate”, non circola ossessivamente la domanda – dopo trent’anni di smantellamento di contenitori collettivi, di istituzioni che potessero tenere insieme e dar conto delle diverse volontà – di programmi e strumenti che possano imporre, alle logiche di potere della borghesia, l’altra logica del potere popolare? Da questo punto di vista, denunciare il «pragmatismo politico» come «tecnica di dominio» tout court (p. 7), come a volte sembra fare Aragno, non rischia piuttosto di condannarci all’impotenza? La “ragion di Stato” ha il suo più tremendo avversario nell’autenticità e nelle moralità individuali, o nel contropotere effettivo che pone già nell’ordine esistente un’altra moralità, collettiva e niente affatto individuale? Insomma, fra il realismo senza scrupoli del potere e un’utopia incantata quanto inefficace, non c’è forse lo spazio, risicato ma certificato storicamente, di un altro realismo, che ha di mira qualcosa che ancora non si vede, ma può essere qui? C’è forse da scegliere fra purezza dei mezzi e pragmatico perseguimento dei fini o il movimento è lo stesso? Fra eroismo e rinuncia, fra il non venire mai a patti e l’esserci già venuti, non si apre forse una strada, quella che è stata percorsa – e ancora oggi, se abbiamo il coraggio di allargare lo sguardo oltre la provinciale Europa, viene percorsa – dai movimenti rivoluzionari, quella che Che Guevara indicava con il celebre motto: siamo realisti, vogliamo l’impossibile?

Certo, non sono domande a cui questo libro può rispondere. Ma di sicuro, ponendole, facendoci riflettere a partire dalla concretezza storica, Aragno dà un contributo importante a questo realismo dell’impossibile oggi ancora tutto da pensare e da praticare. A patto che il lettore voglia davvero ricominciare le sforzo di questi antifascisti, e magari portarlo fino in fondo, verso un esito – anche solo un poco – più felice.

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